Han pasado catorce años desde que We Love Katamari dejó de rodar, pero Bandai Namco ha vuelto a hacer girar la galaxia con una nueva entrega: Érase una vez un Katamari (Once Upon a Katamari). El clásico concepto de “haz rodar la bola, hazla enorme” sigue tan vigente como siempre, pero esta vez el estudio japonés ha querido darle una vuelta —literal y figurada— a una fórmula que, a pesar de su sencillez, continúa siendo una fuente inagotable de diversión, caos y creatividad.
Desde su debut en 2004, Katamari Damacy se ganó un lugar especial en el corazón de los jugadores por su humor surrealista, estética alegre y jugabilidad tan simple como hipnótica. En esta nueva entrega, Bandai Namco ha entendido que no hacía falta reinventar nada. Lo importante era mantener intacta la esencia y, al mismo tiempo, ofrecer algo fresco. Y lo consigue con una propuesta repleta de nuevos escenarios, desafíos y ese toque de locura cósmica que define a la saga.
Una historia tan absurda como encantadora
El argumento no podría ser más “Katamari”. El Rey de Todo el Cosmos, ese personaje excéntrico y desproporcionado que parece salido de un sueño febril, destruye accidentalmente la Tierra y las estrellas mientras hace limpieza. Así que una vez más, su hijo —nuestro diminuto protagonista, el Príncipe— debe restaurar el universo rodando su mágica bola adhesiva por todo tipo de lugares y épocas. Sí, es tan absurdo como suena, pero también absolutamente encantador.
En esta ocasión, la aventura se desarrolla a lo largo de 10 mundos diferentes, cada uno ambientado en un período histórico concreto: desde el Japón del período Edo hasta el Salvaje Oeste, pasando por la Era Jurásica o civilizaciones perdidas. Cada entorno está lleno de objetos peculiares, personajes estrafalarios y una creatividad visual desbordante. No hay dos fases iguales, y en cada una de ellas hay pequeños detalles que invitan a detenerse (aunque solo sea un segundo) a contemplar el caos colorido que se va formando alrededor del Katamari.

La magia del crecimiento
El corazón del juego sigue siendo el mismo: empezar rodando pequeños objetos —monedas, dados, fichas de mahjong— para poco a poco poder absorber sillas, coches, edificios y, eventualmente, dinosaurios o planetas enteros. Esa sensación de pasar de la insignificancia al poder absoluto en apenas unos minutos sigue siendo uno de los placeres más singulares del medio.
Cada nivel dura entre cinco y diez minutos, y el diseño de progresión está perfectamente calibrado: el jugador siente de forma natural cómo el mundo se encoge a medida que la bola crece, hasta que el frenesí final se desata al sonar la sirena que anuncia el final del tiempo. Es caótico, pero delicioso.

Más contenido, más variedad, mismo espíritu
A diferencia de las remasterizaciones Katamari Damacy Reroll (2018) y We Love Katamari Reroll + Royal Reverie (2024), Once Upon a Katamari apuesta por la variedad. No solo hay más escenarios y misiones, sino que también incluye retos adicionales tras completar cada fase: contrarrelojes, objetivos específicos o pruebas de eficiencia. Estas variantes añaden rejugabilidad y ayudan a mantener el ritmo sin que la fórmula se sienta repetitiva.
A nivel visual, el juego es un festín. Mantiene el estilo low-poly y los colores planos característicos, pero los combina con efectos modernos de iluminación y partículas que hacen que todo luzca más vivo. Es un título que no busca el realismo, sino el encanto, y lo logra con creces: los personajes parecen figuras de papel, los objetos rebosan humor y las animaciones destilan energía positiva.

Pequeñas novedades con resultados mixtos
Entre las incorporaciones más notables están los dos esquemas de control. Los veteranos pueden optar por el sistema clásico de doble joystick (uno para cada mano del príncipe), que conserva la sensación “de tanque” de los originales. Los jugadores nuevos, por su parte, pueden usar un modo más moderno con control simplificado. Aunque más accesible, este último sigue teniendo la peculiaridad de una cámara fija, lo que requiere un pequeño periodo de adaptación. Es una decisión fiel al espíritu retro, pero que puede chocar con los estándares actuales.
Otra novedad son los potenciadores temporales, pequeños ítems que otorgan ventajas breves como atraer objetos, detener el tiempo o acelerar el movimiento. Son un añadido simpático, pero su duración tan limitada impide que tengan un verdadero impacto en la jugabilidad. Parecen diseñados para darle variedad al ritmo, aunque acaban sintiéndose anecdóticos.

Coleccionismo y progreso: amor y frustración
Como todo Katamari, este título rebosa coleccionables. Desde los clásicos primos (otros personajes jugables) hasta pistas musicales y objetos cosméticos, todo está pensado para motivar la exploración. Sin embargo, la introducción de coronas ocultas —necesarias para desbloquear nuevos mapas— introduce un sistema de progresión algo restrictivo. En lugar de premiar la curiosidad, obliga a repetir niveles hasta encontrar las coronas requeridas, lo que rompe el flujo natural del juego. No es un problema grave, pero sí un paso atrás frente a la libertad que caracterizaba a entregas anteriores.

Una experiencia para toda la familia
Pese a esas pequeñas asperezas, Once Upon a Katamari es pura alegría interactiva. Es el tipo de juego que puedes disfrutar solo o en compañía, ideal para partidas cortas o para dejarse llevar durante horas sin sentir la presión del rendimiento. Su estética, su música y su tono desenfadado lo convierten en un refugio frente a los títulos más serios y exigentes. Es una experiencia que transmite buen humor, creatividad y un tipo de diversión que rara vez se encuentra hoy.
Desarrollador: Bandai Namco Studios
Editor: Bandai Namco Entertainment
Plataformas: PlayStation 5, Xbox Series X|S, Nintendo Switch y PC

