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¿Quién dijo que el agua en los videojuegos siempre daba pereza? Prepara el tanque de oxígeno y el testamento, porque el abismo nos quiere comer con patatas.

Si hay algo que nos ha enseñado la historia de esta industria, es que los niveles acuáticos suelen ser el equivalente jugable a que te saquen una muela sin anestesia. Sin embargo, cuando un estudio decide volcar todo su talento en convertir las profundidades marinas en un pozo de desesperación, opresión y terror cósmico, la cosa cambia por completo. Eso es precisamente lo que ha conseguido el equipo de Drop Rate Studio junto a la editora Dear Villagers en Dive or Die: Children of Rain, una propuesta para PC que mezcla la gestión más despiadada con la exploración en dos dimensiones y el puro survival horror.

Que no os engañe su apartado bidimensional: este título no ha venido a hacer amigos. Aquí no hay paseítos relajantes viendo corales de colores mientras suena música chill out. Si te sumerges, es para jugarte la vida por un trozo de chatarra, arañar un par de litros de oxígeno y rezar para que lo que sea que está gruñendo en la oscuridad no tenga demasiada hambre.

Diluvio cósmico y una comunidad al borde del colapso

La premisa de Dive or Die nos lanza de cabeza a un futuro distópico donde el planeta ha quedado completamente anegado por la «Lluvia Negra», un fenómeno torrencial e impredecible de origen desconocido que sepultó las ciudades bajo océanos insondables. Los pocos supervivientes de la humanidad malviven hacinados en pequeñas plataformas flotantes y cumbres montañosas convertidas en islotes miserables.

Nosotros tomamos las riendas de una de estas colonias improvisadas. ¿El problema? Que el agua no para de subir y solo nos quedan 40 días antes de que la inundación definitiva se trague lo poco que queda en pie. Nuestra única vía de escape pasa por hacer caso a los delirios de un viejo perturbado de la aldea que afirma que la única forma de apaciguar al «Hacedor de Lluvia» es sumergirnos en la letal Piscina Abisal para rescatar ocho ídolos ancestrales sumergidos.

A diferencia de otros títulos del género, aquí no encarnamos a un héroe indestructible con traje espacial de última tecnología. Controlamos a una cantera de supervivientes desnutridos, cada uno con sus propios nombres, flaquezas, atributos y habilidades únicas. Perder a uno de ellos en las profundidades duele en el alma, no solo por el golpe moral a la colonia, sino porque habremos tirado a la basura días de entrenamiento y valiosos recursos de equipo.

Estructura dual: Entre el barro de la base y el neón del abismo

El bucle jugable de Dive or Die se divide limpiamente en dos fases interconectadas que nos mantendrán con el corazón en un puño: la gestión del campamento y la exploración de inmersión 2D.

En la superficie, la vida es una pesadilla logística. Deberemos asignar a los aldeanos a diferentes edificios según sus competencias. Si ponemos a un tipo con buenas dotes de vigía en el Faro, nos aumentará las probabilidades de conseguir suministros en expediciones lejanas; si mandamos a alguien eficiente al Ayuntamiento, lograremos mitigar el desgaste de la moral general. Sin embargo, la comida escasea y el temporizador de 40 días corre que vuela.

¿Y qué pasa cuando el tiempo apremia y la cuenta atrás amenaza con ahogarnos? Que el juego nos tienta con su mecánica más macabra: el Altar de Sacrificios. Podemos retrasar la marea final sacrificando suministros… o entregando directamente a nuestros propios colonos a las deidades abisales. Cuanto más nivel tenga el personaje sacrificado, más días ganaremos en el marcador. Es una dinámica deliciosamente perversa que te obliga a sopesar si merece la pena entrenar a un superviviente concreto únicamente para usarlo como carne de cañón ritual cuando el agua nos llegue al cuello.

Bajar al pozo: Un Metroidvania tenso y ahogado

El plato fuerte llega cuando equipamos el harpón, cogemos la linterna y nos tiramos de cabeza a las profundidades de la Piscina Abisal. Las incursiones se desarrollan como un Metroidvania de desplazamiento lateral donde la física del agua juega un papel crucial. Aquí la gravedad se siente pesada, el movimiento es cadencioso y cada brazada consumirá una porción valiosísima de nuestro tanque de oxígeno.

En los primeros compases, los paseos bajo el agua duran apenas un par de minutos. Bajas, picas un poco de metal, coges una lata de conservas flotante y subes por patas antes de que los pulmones se te colapsen. Pero a medida que fabricamos mejores botellas de aire, linternas de alta intensidad o el arponero en el taller de la base, el mapa estático del juego empieza a abrirse en abanico.

La curva de progresión está medida con tiralíneas. Determinadas zonas están bloqueadas por barreras biológicas o toxinas que no podremos atravesar hasta dar con los planos adecuados para el equipo. Además, el mapeado no es procedimental, lo que premia de forma brutal al jugador que se memoriza los recovecos, las grutas de escape y la ubicación exacta de los bolsillos de aire. Aprender a navegar este laberinto sumergido es la diferencia entre regresar a la superficie cubierto de gloria o convertirse en comida para peces mutantes.

Bestiario de pesadilla y un diseño sonoro que te pone los pelos de punta

Si en la superficie sufrimos gestionando recursos, es en las grietas más oscuras de la Piscina Abisal donde el juego saca a relucir su vena más aterradora. Olvídate de los tiburones convencionales: Drop Rate Studio se ha marcado un bestiario lovecraftiano que parece dibujado por el mismísimo Mike Mignola. Nos encontraremos con abominaciones marinas, quimeras abisales y monstruosidades de líneas marcadas que acechan en las sombras.

Cada bioma submarino tiene su propio ecosistema de amenazas. Lo brutal es que aquí no hay barras de vida infinitas ni armas pesadas para ir en plan «Rambo acuático». El combate es secundario y desesperado; la mayoría de las veces tu mejor opción es apagar la linterna, pegarte a una roca y rezar para que la criatura pase de largo.

Y aquí es donde hay que quitarse el sombrero ante el diseño de sonido. El audio de Dive or Die es responsable del 70% de las taquicardias que vas a sufrir jugando. Nunca ves a los monstruos venir de cara; los oyes. Un rugido gutural amortiguado por el agua a la izquierda, el crujido de unos chasquidos metálicos en la parte superior… Ese trabajo de sonido binaural te obliga a frenar en seco, mirar el medidor de oxígeno con el pulso acelerado y medir cada metro de avance. Cuando escuchas el chillido del Arácnido que se Repta resonando en la gruta, sabes que la inmersión ha terminado y que toca huir hacia la superficie como si no hubiera un mañana.

Modificadores, suerte y el abismo

Para evitar que la memorización del mapa haga que el juego se vuelva un paseo, el título introduce un sistema de modificadores diarios. Al despertar cada mañana en la colonia, las condiciones climáticas o místicas del mundo pueden cambiar drásticamente.

Ver que el indicador marca una «Luna Roja» o una «Luna Brillante» transforma por completo tu planificación. Una Luna Brillante, por ejemplo, hace caer rayos lunares que incineran a las bestias pero «bendicen» los minerales flotantes, permitiéndote conseguir materiales raros como el hierro o el aluminio bendecido, indispensables para las mejoras de nivel superior del taller.

Ahora bien, no todo el monte es orégano. La mayor pega de Dive or Die radica en su curva de dificultad extremadamente punitiva en el tramo medio-avanzado. La búsqueda de los ocho ídolos se apoya en las visiones crípticas que muchas veces son tan vagas que te harán dar palos de ciego durante varios días de juego.

Si a esto le sumas que perder a un buceador de nivel 8 o 9 en una zona avanzada implica perder un tiempo valioso del contador de 40 días y un personaje en el que habías invertido horas de desarrollo, la frustración puede llegar a ser descomunal. A veces, un requisito de fabricación bloquea todo tu progreso porque no encuentras un material ultra raro cuya ubicación el juego no se molesta en insinuar, generando momentos donde sientes que la exigencia roza lo desleal.

Conclusiones

Dive or Die: Children of Rain es una propuesta valiente, opresiva y magníficamente ambientada que consigue lo que pocos juegos logran: transmitir un verdadero pavor por lo que habita en las profundidades del océano. La mezcla de simulación de colonia, supervivencia agónica y exploración 2D funciona como un reloj suizo, reglando momentos de tensión arcade insuperables.

No es un título recomendado para estómagos delicados ni para jugadores que se frustren con facilidad ante la pérdida de progreso. Su sistema de muerte permanente de colonos y el reloj inquisidor de 40 días pondrán a prueba tu paciencia. Pero si eres fan de la desesperación calculada de títulos como Darkest Dungeon o Aliens: Dark Descent, este viaje al fondo del abismo se te quedará grabado en la memoria durante mucho tiempo.

Lo mejor

  • Una atmósfera de terror lovecraftiano y claustrofobia marina simplemente soberbia.
  • Diseño de sonido magistral: oír a las bestias en la oscuridad es aterrador.
  • Estilo visual en 2D con un uso del color y el trazo oscuro desbordante de personalidad.
  • Bucle jugable adictivo entre la gestión del campamento y las inmersiones ágiles.
  • La tensión constante del temporizador y las decisiones morales al usar el altar.

Lo peor

  • Picos de dificultad desmedidos en la recta final que pueden llegar a desmotivar.
  • La pérdida de un buceador de nivel alto por un descuido castiga en exceso el tiempo de juego.
  • Poca rejugabilidad una vez completada la campaña narrativa principal.

Ficha Técnica

  • Título: Dive or Die
  • Desarrollador: Drop Rate Studio
  • Editor: Dear Villager
  • Plataformas: PC

Nota Final

8/10

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