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¿Cuántas veces has pensado eso de «si pudiera volver atrás en el tiempo…»? Normalmente lo dices cuando la cagas con aquel juego que vendiste y que ahora vale un pastó o cuando decidiste estudiar latín, pero los chicos de Rogue Snail han decidido que viajar en el tiempo es la excusa perfecta para montar un sindicato del crimen contra la mismísima historia. Hell Clock llegó sin hacer mucho ruido, plantándose como un hijo bastardo entre un ARPG clásico y un roguelite implacable. Y ahora, con su nueva y flamante expansión Cursed War, nos obligan a ponernos de nuevo las botas de cuero, cargar el revólver y preguntarnos si realmente el tiempo lo cura todo o si es mejor curarlo nosotros a base de plomo.

Agarraos los machos, que nos vamos al Brasil del siglo XIX. Pero no al de los carnavales y las caipiriñas, sino a uno oscuro, esotérico y jodidamente peligroso.

Pajeú y el reloj de la muerte: Una ambientación con un par de… engranajes

En esta redacción sabemos de la historia de Brasil lo mismo que de física cuántica: lo justo para no parecer idiotas en una cena… y algunos aun así lo pareceriamos. Por eso, que un videojuego nos meta de lleno en el conflicto civil de Canudos ya nos pareció una genialidad en su día. Pero ojo, que aquí no venimos a leer un libro de texto aburrido. Encarnamos a Pajeú, un líder guerrillero con una mala uva considerable que busca liberar el alma de Antônio Conselheiro de las garras de la tiranía federal.

¿Cómo lo hace? Pues con el Hell Clock, un artefacto espectral que lleva encima y que le permite mandar las leyes de la física a tomar por saco. La premisa mola un cojón: estás reviviendo el pasado para salvar a tus compinches caídos. No estamos ante los típicos demonios genéricos sin rostro que encuentras en cualquier clon de Diablo. Aquí te estás tiroteando con soldados que tienen nombres, apellidos y uniformes. Hay una carga histórica real y sangrienta flotando en el ambiente, lo que le da un peso narrativo brutal que te atrapa desde el minuto uno.

La dictadura del tic-tac: Aquí se corre o se muere

Hablemos de lo que de verdad importa: los mandos. Si juegas a Hell Clock pensando que vas a poder quedarte empanado mirando el paisaje, lo llevas claro. El puto reloj espectral de Pajeú es el que manda. Aunque el juego te permite desactivar la mecánica del tiempo en las opciones (para los más flojitos, suponemos), jugarlo de la forma original es donde está la auténtica salsa. Tienes un tiempo límite finito para limpiar los actos. Tic, tac. Si te entretienes rompiendo jarrones o pensando en la inmortalidad del cangrejo, estás muerto.

Esta presión constante transforma el clásico farmear y avanzar de los ARPG en una carrera contrarreloj donde la adrenalina se te sale por las orejas. ¿Y con qué disparamos? Pues olvídate de espadas láser o báculos mágicos de colorines. Aquí tu mejor amigo es tu revólver. Sí, uno solo. A priori puede sonar una cutrez, pero la magia reside en la tremenda parrilla de habilidades que desbloqueas en cada acto.

Haciendo pruebas para este análisis, intentamos ir de listillos. Probamos una build a distancia muy conservadora y luego dijimos: «A la mierda, vamos con todo». Nos montamos una build cuerpo a cuerpo enfocada al robo de vida puro y duro. Spoiler: funcionó de escándalo. Como perro viejo en esto de los ARPG, os digo que la mejor defensa en este juego es pegar como un camión de dieciocho ruedas. Tienes que reventar a los enemigos lo más rápido posible porque el reloj no perdona.

El inventario es más apretado que el metro en hora punta. Tienes unos huecos limitadísimos para equipar artefactos que potencian tus habilidades y un árbol de talentos pasivos gigantesco. Para desbloquearlo todo toca recoger materiales soltados por los enemigos. Y aquí va nuestro primer tirón de orejas: la pantalla de carga dice muy orgullosa que «este juego no requiere un grindeo excesivo». Ya, claro, y a mí me va a tocar la lotería mañana. En dificultad normal pasas bien, pero amigo, en cuanto le subes un punto la dificultad a la partida, o te pones a grindar como un poseso o los enemigos te usan de felpudo.

Cursed War: Viajes al pasado dentro del pasado (¡Inception!)

Si el juego base ya te dejaba con ganas de más tras meterle horas a su desafiante endgame, la expansión Cursed War es el chute de cafeína que necesitábamos. Por apenas 10 pavos, Rogue Snail nos mete un cuarto acto completo que funciona como una precuela de la historia de Pajeú.

Aquí descubrimos cómo nuestro protagonista acabó reclutado como esclavo en el ejército brasileño durante la Guerra del Paraguay. Vivir esta experiencia no solo es un golpe emocional, sino que cambia por completo la forma en que ves los tres actos originales del juego. Los desarrolladores han tenido las pelotas de profundizar en el drama humano de la guerra y les ha salido redondo.

Pero no solo venimos a llorar por el lore, venimos a ver cosas explotar. Y para eso han metido habilidades nuevas que son una absoluta delicia del caos. La joya de la corona es la Ira de Tupã. Imagínate tirar rayos eléctricos en todas las direcciones posibles al mismo tiempo. Si has jugado a las configuraciones de tormenta de Path of Exile 2, vas a notar una erección jugable inmediata. La gracia es cómo interactúa esta habilidad con el equipo: puedes potenciar a esbirros esqueléticos con cada chispazo o crear un escudo defensivo que te permite aguantar golpes mientras la pantalla se convierte en una discoteca techno llena de rayos.

Crafteo a lo Path of Exile: Si no te rompes la cabeza, te la rompen a ti

Si pensabas que la expansión Cursed War se limitaba a añadir cuatro rayos chulos y un par de líneas de diálogo tristes, estás muy equivocado. El verdadero cambio de paradigma que trae este DLC es su nuevo y ambicioso sistema de creación de objetos, descaradamente inspirado en los pilares de Path of Exile.

Vamos a ser claros: en tu primera partida en dificultad normal, este sistema te va a parecer un añadido estético para echar el rato. El juego es permisivo y puedes pasártelo a base de reflejos y pólvora. Pero ¡ay, amigo! en cuanto decides activar los dos niveles de dificultad más altos, la cosa cambia drásticamente. Los enemigos empiezan a desarrollar resistencias elementales que dan ganas de llorar y encima acumulan bonificaciones que los convierten en auténticas picadoras de carne.

Aquí es donde el crafting deja de ser un extra y se convierte en tu única balsa de salvación. Si no creas equipo específico que tape las vergüenzas de tus debilidades defensivas, te van a mandar al hoyo de dos guantazos. Literalmente. Los jefes de este nuevo acto pegan como padrastros borrachos y están diseñados para castigar al jugador descuidado. Nuestro consejo de profesionales: experimenta en la mesa de creación antes de cruzar la puerta del primer jefe de la expansión, porque si vas «a lo loco», la humillación va a ser histórica.

Además, el juego base ha aprovechado este lanzamiento para meter actualizaciones jugosas de forma gratuita. Ahora los controles por WASD y el movimiento se sienten muchísimo más fluidos, y los combates contra los jefes antiguos se han rediseñado para que sean notablemente más agresivos. Ya no vale con quedarte quieto disparando; ahora se mueven, te buscan y te obligan a sudar la camiseta.

Rendimiento técnico: Luces y sombras entre la RTX y la portabilidad

Hablemos de cómo se mueve este monstruo en PC, que es la versión que hemos machacado a fondo para este análisis. Hell Clock es un juego indie, desarrollado por un equipo con recursos limitados, y eso se nota. No le vamos a pedir peras al olmo ni gráficos fotorrealistas de última generación, porque lo que tiene a nivel artístico y sonoro es notable y desborda mimo (mención especial a las cinemáticas, que son una delicia visual, y al doblaje en portugués, que le da mil vueltas al inglés en cuanto a inmersión).

Si lo ejecutas en una torre armada con una buena RTX, la cosa es un jodido espectáculo visual dentro de su escala. A buena resolución y con todos los ajustes gráficos al máximo, el juego se mantiene rocoso por encima de los 45 fps en los momentos más desfavorables, cuando la pantalla es un festival de explosiones, soldados y rayos. ¿Lo mejor de todo? En todas nuestras horas de testeo intenso, no nos hemos topado con ni un solo bug. En los tiempos que corren, que un juego salga al mercado sin romperte la partida es algo que merece una ovación de pie.

Conclusión: El tiempo vuela cuando te lo estás pasando en grande

Rogue Snail la clavó con la propuesta original de Hell Clock y ha terminado de redondear la faena con Cursed War. La mezcla de ARPG con la presión temporal del roguelite funciona como un reloj suizo (nunca mejor dicho). A pesar de que nos habría encantado tener más de un personaje jugable para dar más variedad a las builds, la brutal cantidad de habilidades, el trasfondo histórico tan único y el desafiante sistema de juego compensan con creces cualquier carencia. Por 10 eurillos que cuesta la expansión, es una compra obligada si te gustó el juego base, y si eres nuevo en esto, tienes juego para mucho rato de auténtico vicio. Apostar por los estudios pequeños con grandes ideas siempre sale bien.

Lo mejor:

  • La brillante mezcla de ARPG y roguelite con la mecánica del tiempo, que te mantiene en tensión constante.
  • El trasfondo histórico de la Guerra de Canudos y la Paraguay; original, crudo y muy bien integrado.
  • El nuevo sistema de crafteo y la habilidad Ira de Tupã de la expansión, que añaden una profundidad tremenda a las dificultades altas.
  • Visualmente muy cuidado para ser un indie, con cinemáticas espectaculares y una gran inmersión sonora en portugués.

Lo peor:

  • Tener un único personaje jugable limita la variedad de personalización a largo plazo.
  • El grindeo se vuelve demasiado cuesta arriba e imprescindible en los niveles de dificultad más elevados.

Ficha técnica

  • Título: Hell Clock (incluye expansión Cursed War)
  • Desarrollador: Rogue Snail
  • Editor: Mad Mushroom
  • Plataformas: PC (versión analizada)
  • Género: ARPG / Roguelite / Fantasía oscura

Nota final

8.3/10

*Este análisis de Hell Clock y su DLC Cursed War ha sido posible gracias una clave de PC facilitada por Mad Mushroom

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