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Es enormemente reconfortante tropezarse con un juego que pasa olímpicamente de las modas actuales, de las pajas mentales narrativas de cuatro horas y de los sistemas de progresión infinitos que exigen firmar una hipoteca de tiempo para ver un mínimo avance. Roguecraft DX es un puñetazo directo a la nostalgia, pero de los que te dejan una sonrisa de oreja a oreja. El proyecto del estudio británico Badger Punch Games ha tenido una trayectoria digna de enmarcar: nació en pleno siglo XXI como un título nativo programado para la gloriosa Commodore Amiga, pasó a venderse en los apreciados cartuchos coleccionables de Evercade y, finalmente, aterriza en Steam para golpear la mesa del videojuego en PC.

La premisa no puede ser más honesta ni más adictiva. Coge las sensaciones de tablero clásico a lo HeroQuest, mézclale un puñado de abominaciones cósmicas directamente inspiradas en los delirios de H.P. Lovecraft además de algunos pollos, envuélvelo todo con una perspectiva isométrica de 16 bits preciosista y tienes delante un peligroso pozo de horas. Es esa clase de juego que no necesita ponerte un tutorial infumable ni tres horas de cinemáticas para explicarte que tienes que bajar quince pisos de una mazmorra, encontrar la llave de cada nivel y zurrar a todo lo que se mueva antes de que te arranquen la cabeza. Directo al turrón, sin rodeos y con un respeto absoluto por el tiempo de quien está al otro lado de la pantalla.

En su simplicidad está su belleza

Tres arquetipos, un destino y partidas exprés para el camino

El bucle jugable es un homenaje con todas las letras a la vieja escuela del roguelike más puro. Aquí no hay barras de experiencia acumulables entre partida y partida que conviertan a tu personaje en un dios invencible a base de palmar cincuenta veces. Si mueres, la incursión se acaba, vuelves a la casilla de salida y la única progresión real que te llevas a casa es tu propio aprendizaje sobre el terreno. Las incursiones completas rondan los treinta o cuarenta minutos si sabes lo que haces, convirtiéndolo en el aliado definitivo para sesiones rápidas en pantallas portátiles o durante un viaje en tren. Y si la cagas estrepitosamente (algo que te va a pasar a menudo), en menos de diez segundos estás dando el botón de reintentar para tomarte la revancha.

A la hora de afrontar el descenso al abismo contamos con tres clases de personaje perfectamente diferenciadas, y la elección del héroe cambia radicalmente el chip con el que debes jugar. El Guerrero es el matón clásico: aguanta como un roble, reparte bofetadas físicas a diestro y siniestro y perdona bastantes descuidos en el posicionamiento, siendo la opción perfecta para tomar contacto con el terreno. El Pícaro exige un juego de pies mucho más fino, utilizando habilidades de teletransporte para colocarse a la espalda de las criaturas y reventarlas a puñaladas por sorpresa. En el extremo opuesto está el Mago, un auténtico cañón de cristal capaz de volatilizar a los enemigos a distancia con proyectiles elementales, pero tan frágil que si un engendro con tentáculos le mira de reojo, acaba mordiendo el polvo al primer turno.

Ruleta rusa en frasco de vidrio y trampas ambientales

El sistema de combate por turnos sigue la regla de oro del género: cada paso o acción que realizas tú hace avanzar el turno de todo el ecosistema de la sala. Golpear a un monstruo es tan sencillo como moverte contra su casilla, pero lanzarte a dar guantazos a lo loco es la vía rápida hacia la tumba. Muchas veces, la clave para no liquidar tu barra de salud estriba en ser más listo que las bestias. Arrastrar a un engendro marino a través de un foso de pinchos o engañarle para que atraviese una casilla en llamas elimina la amenaza sin despeinarte ni desgastar tus recursos.

A esta capa táctica se le suma un sistema de pociones maravillosamente desquiciado. Salvo el frasco de color verde, que siempre garantiza una cura para la salud, el efecto del resto de colores cambia por completo en cada nueva partida. Beberte un brebaje sin identificar es jugar a la ruleta rusa: igual obtienes una ráfaga de supervelocidad, invisibilidad o daño elemental mágico, que te deja ciego, envenenado o al borde del colapso. Una vez que identificas lo que hace un color durante un descenso, todos los frascos de ese mismo tono se comportarán igual hasta que mueras, pero en la siguiente incursión las etiquetas vuelven a barajarse. Esa incertidumbre convierte la necesidad de usar un brebaje en un dilema constante sobre si arriesgarse a tragar un líquido sospechoso o seguir avanzando a la desesperada.

Aliados en jaula y un tono entre Lovecraft y el disparate

Para terminar de redondear la oferta táctica dentro de las mazmorras, Roguecraft DX introduce la figura de los familiares. A lo largo del descenso es habitual tropezarse con pequeñas criaturas enjauladas a las que podemos liberar y llevar guardadas en el inventario. Invocar a uno de estos compañeros, como un tejón peleón que no le tiene miedo a nada, aporta una ayuda crucial durante los turnos en los que una sala se complica más de la cuenta. Estos aliados no solo reparten estopa codo con codo junto a nuestro héroe, sino que también pueden recoger botín o llaves situadas en zonas de acceso peligroso.

Eso sí, el juego no permite acomodarse a sus servicios. Los familiares solo permanecen activos durante un número muy limitado de turnos antes de retirarse, lo que transforma su uso en una decisión estratégica de vital importancia. Soltar a tu criatura demasiado pronto en un enfrentamiento menor supone desperdiciar un cartucho valioso; esperar demasiado por avaricia puede provocar que palmes con la jaula aún metida en la mochila. Esta mecánica encaja de maravilla con el tono general de la propuesta, un título que sabe tomarse en serio sus dinámicas de juego mientras se desmarca del terror lovecraftiano más solemne a base de un sentido del humor gamberro donde coexisten monstruos primordiales con gallinas hiperagresivas dispuestas a picotearte hasta la muerte.

Pixel art de orfebrería y el tropiezo del control en diagonal

En la parte puramente técnica y estética, el título de Badger Punch Games es un auténtico caramelo visual. El trabajo en pixel art isométrico realizado a mano no solo rinde un tributo espectacular a la era dorada de los 16 bits, sino que dota a cada escenario de una presencia táctil fantástica. Ver el movimiento parpadeante de los ojos en las paredes, el ondular de los tentáculos en las sombras o el brillo de las gemas repartidas por el suelo transmite un encanto nostálgico irresistible. Todo ello aderezado por una banda sonora en formato tracker al más puro estilo Commodore Amiga que resuena con una contundencia impecable mientras recorres los túneles.

Sin embargo, no todo es un camino de rosas en las mazmorras, y la propia perspectiva isométrica que le da tanto empaque visual es responsable de su principal dolor de cabeza: el control diagonal. Ya sea jugando con teclado o con mando, atinar con precisión en las direcciones diagonales resulta a veces más resbaladizo de la cuenta. En un juego donde cada paso en falso hace avanzar el turno de los enemigos y un fallo de cálculo te deja vendido frente al ataque de un monstruo adyacente, equivocarte de casilla por culpa de un registro impreciso da un coraje tremendo. A esto hay que sumarle que en pantallas pequeñas o consolas portátiles algunos objetos del suelo pueden quedar algo camuflados entre el propio decorado de los azulejos.

Un homenaje directo, honesto y tremendamente adictivo

A pesar de esos pequeños tropiezos en la precisión del movimiento, la balanza de Roguecraft DX se inclina de forma escandalosa hacia el lado de la diversión pura y dura. No estamos ante un título que pretenda reinventar la rueda del roguelike ni que busque abrumarte con menús infinitos o árboles de habilidades inabarcables. Es una carta de amor a las partidas rápidas, a la improvisación constante frente a lo desconocido y al placer clásico de superar un reto a base de picardía, posicionamiento e intuición.

Si echas de menos los tiempos en los que un videojuego solo necesitaba una buena idea, un apartado visual con personalidad y mecánicas pulidas para tenerte enganchado durante tardes enteras, la obra de Badger Punch Games es una compra obligada para tu biblioteca de PC. Prepara las pociones, reza para que el brebaje no sea venenoso y prepárate para bajar a las profundidades: la vieja escuela ha vuelto y no tiene ninguna gana de pedir perdón.

Conclusiones

Roguecraft DX es un triunfo del diseño retro bien entendido. Consigue rescatar el espíritu de las mazmorras de los 16 bits para ofrecer un roguelike directo, táctico y absurdamente adictivo que respeta el tiempo del jugador con partidas de 30 minutos. Sus problemillas con la precisión del control en diagonal no empañan una propuesta fresca, divertida y perfecta para disfrutar tanto en sobremesa como en portátiles.

Lo mejor:

  • Un apartado visual en pixel art isométrico y una banda sonora estilo Amiga que son pura canela en rama.
  • El sistema de pociones aleatorias y la utilidad táctica de los familiares y las trampas.
  • Partidas ágiles y directas de 30 minutos sin rodeos ni progresiones tediosas.
  • Clases de personaje muy bien diferenciadas que cambian por completo la forma de jugar.

Lo peor:

  • La perspectiva isométrica provoca fallos puntuales de precisión al marcar movimientos diagonales.
  • Algunos objetos del suelo se camuflan en exceso con el mapa en pantallas pequeñas.

Ficha Técnica

  • Título: Roguecraft DX
  • Género: Roguelike / Mazmorreo por turnos / Retro 16-bit / Isométrico
  • Desarrollador: Badger Punch Games
  • Editor: Thalamus Digital
  • Plataformas: PC (Versión analizada), Evercade, Commodore Amiga
  • Versión analizada: PC
  • Fecha de lanzamiento: Septiembre de 2026
  • Idiomas: Textos en Español

Nota Final

8.0 / 10

*Este análisis de Roguecraft DX para PC ha sido posible gracias una clave facilitda por Two Frogs in a Trenchcoat

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