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El amor mueve montañas, hace que la gente escriba canciones horribles y lleva a algunos individuos a cometer auténticas barbaridades. Pero pocas veces habíamos visto a alguien dispuesto a salvar el mundo por una chica a la que ni siquiera ha podido invitar a un café, ¡joer la tipa está muerta y congelada! Claro que Davy, el protagonista de Stupid Never Dies, tampoco es precisamente un galán de revista: es un zombi de pocas luces, ocupa uno de los últimos escalones de la sociedad monstruosa y está perdidamente enamorado de una joven difunta. Vamos, que lo suyo con Julia tiene menos conversación que una cita en misa, pero al muchacho le sobra corazón. O lo que quede de él.

GPTRACK50 nos propone una aventura de acción que recupera ese espíritu gamberro, colorido y un tanto desvergonzado que tanto echábamos de menos de la época de PlayStation 2 y sí, PlayStation 3 también. Lo que a primera vista parece un hack and slash de los de repartir estopa hasta que no quede nadie en pie esconde una estructura roguelite, transformaciones monstruosas y un sistema de combate rápido y fluido.

No todo entra por los ojos a la primera, y su cantidad de mecánicas puede abrumar durante las primeras horas. Sin embargo, cuando empezamos a entender cómo funciona este peculiar festival de mordiscos, mutaciones y golpes, Stupid Never Dies demuestra que detrás de su título de película de serie B hay bastante más que un puñado de chistes malos y un zombi con problemas sentimentales.

El amor es ciego. Y, en este caso, está congelado

Por una concatenación de acontecimientos tan disparatados como el propio protagonista, Davy termina embarcado en una misión para derrotar a KOM, el Rey de los Monstruos, y conseguir el conocimiento necesario para devolver a Julia a la vida. La humanidad también anda metida en el asunto, pero nuestro muchacho tiene sus prioridades. Salvar a la civilización está muy bien; conseguir una segunda oportunidad con la chica de tus sueños es otro nivel.

Davy es un don nadie que decide enfrentarse a criaturas mucho más poderosas que él por una motivación tan egoísta como sincera. No busca reconocimiento ni quiere convertirse en una leyenda. Simplemente desea que Julia vuelva a estar viva. Aunque la situación tenga más peligro que una declaración de amor por mensaje de voz después de cuatro copas, es difícil no acabar cogiéndole cariño.

La historia de Julia se va descubriendo poco a poco a través de los fragmentos que recuperamos de su dispositivo. Estos detalles ayudan a conocerla mejor y evitan que quede reducida a ser únicamente la chica congelada por la que Davy está dispuesto a liarla parda. La relación sigue teniendo ese punto de romanticismo adolescente y absurdo, pero gana algo de contexto a medida que avanzamos.

Eso sí, el humor no siempre acierta con la misma fuerza y algunas situaciones dependen más del disparate que de la sutileza. Tampoco estamos ante una trama que pretenda dejarnos mirando al techo durante veinte minutos mientras reflexionamos sobre el sentido de la existencia. Su objetivo es entretener, acompañar la progresión de Davy y dar una razón para seguir descendiendo a las profundidades. Y, para ser sinceros, ver hasta dónde llega este zombi por amor tiene su gracia.

Una estética dosmilera que entra dando una patada a la puerta

Visualmente, Stupid Never Dies parece haber salido de una reunión en la que alguien propuso recuperar la energía de los juegos de acción de los años 2000 y nadie tuvo la prudencia de decir que no. El resultado es una aventura de colores intensos, personajes caricaturescos y una puesta en escena que apuesta por el exceso antes que por el realismo.

La comparación con Lollipop Chainsaw surge de manera bastante natural por su combinación de humor macarra, monstruos y espectáculo visual. También encontramos una identidad gráfica que recuerda por momentos a The World Ends With You, con ese gusto por las composiciones llamativas, el aspecto de cómic y una presentación que no quiere pasar desapercibida.

La acción también sabe aprovechar esta personalidad visual. Las transformaciones, los ataques especiales y los efectos que acompañan a los golpes llenan la pantalla de movimiento y color. En ocasiones, tanta información puede resultar algo excesiva, pero forma parte del carácter de un juego que prefiere pasarse de frenada antes que quedarse corto.

La música, con su aire rockero y pop punk, termina de redondear esa identidad juvenil y rebelde. Todo encaja con la personalidad de Davy y con una aventura que parece pedirnos que dejemos las preocupaciones en la puerta y nos preparemos para repartir mamporros. No es una propuesta que busque deslumbrar mediante el realismo técnico, sino conquistar por su estilo. Y, en ese sentido, sabe bastante bien qué quiere ser.

Devoraestilos: comerse al enemigo nunca había sido tan rentable

La mayor sorpresa de Stupid Never Dies está en su jugabilidad. Su apariencia puede llevarnos a pensar que estamos ante un hack and slash tradicional, pero GPTRACK50 ha optado por una estructura de RPG de acción con elementos roguelite. La aventura se organiza alrededor de incursiones en mazmorras, donde derrotamos enemigos, conseguimos mejoras y tratamos de llegar cada vez más lejos.

Davy comienza siendo un zombi bastante limitado. Sus ataques básicos permiten salir del paso, pero pronto descubrimos que la clave está en aprovechar su capacidad para devorar núcleos de monstruos y adoptar sus poderes. Este sistema, conocido como Devoraestilos, es el auténtico motor de la experiencia.

Podemos acceder a diferentes formas monstruosas, cada una con sus propias habilidades y posibilidades de combate. El hombre lobo destaca por su velocidad y agresividad, mientras que otras transformaciones, como la arpía, permiten atacar a distancia. También hay opciones más contundentes, como el cíclope, y habilidades asociadas a criaturas como el vampiro. La gracia está en aprender qué ofrece cada estilo y decidir cuál encaja mejor con la situación.

No se trata simplemente de desbloquear una transformación, equiparla y olvidarnos del resto. Las posibilidades de Davy cambian considerablemente según los poderes que utilicemos y la forma en que combinemos sus habilidades. Una elección adecuada puede facilitarnos un enfrentamiento complicado, mientras que lanzarnos a lo loco sin entender qué estamos haciendo puede convertir una incursión prometedora en una visita exprés al cementerio.

El sistema tiene bastante potencial, aunque al principio cuesta familiarizarse con tantas posibilidades. Algunos movimientos requieren práctica y la parada defensiva no siempre resulta intuitiva durante las primeras partidas. Entre transformaciones, habilidades, mejoras y diferentes opciones de combate, el juego puede darnos la bienvenida con una auténtica avalancha de información.

Pero hay un momento en el que las piezas empiezan a encajar. Aprendemos a reconocer las posibilidades de cada forma, descubrimos qué habilidades nos funcionan mejor y empezamos a encadenar ataques con mayor naturalidad. Entonces, el combate gana ritmo y Davy deja de parecer el pringado del barrio para convertirse en una amenaza bastante seria.

Body Hacks y un zombi con más modificaciones que un coche de competición

Las transformaciones no son la única manera de mejorar a nuestro protagonista. Los Body Hacks permiten modificar el cuerpo de Davy mediante implantes y mejoras que alteran sus atributos y amplían sus posibilidades. Es una capa de personalización que complementa el sistema Devoraestilos y nos anima a experimentar con distintas configuraciones.

La elección de mejoras importa porque no todas las combinaciones funcionan igual de bien. Podemos orientar a Davy hacia un estilo más agresivo, reforzar determinadas capacidades o apostar por habilidades que nos ayuden a afrontar mejor los peligros de las incursiones. La progresión invita a probar opciones y ajustar nuestra estrategia según los resultados.

También contamos con el Estallido de Davy, una habilidad especial que dispara temporalmente su poder y permite desatar una buena ración de destrucción. Es uno de esos momentos en los que el juego deja de pedirnos que pensemos con calma y nos invita a disfrutar del espectáculo. Cuando conseguimos activar nuestras habilidades en el momento adecuado, los combates se convierten en un festival de golpes, transformaciones y enemigos que salen despedidos por los aires.

La cuestión es que todo este potencial exige un periodo de adaptación. Durante las primeras horas podemos sentir que hay demasiadas cosas que aprender al mismo tiempo, y no todas las opciones se entienden con la misma facilidad. El juego necesita que le dediquemos tiempo antes de mostrar su mejor cara, algo que puede echar para atrás a quienes busquen una experiencia de acción inmediata y sin complicaciones.

Morir, volver a intentarlo y llegar un poco más lejos

La estructura roguelite es fundamental para entender Stupid Never Dies. Cada incursión nos lleva a una mazmorra dividida en estratos y plantas, con zonas de exploración y desafíos que debemos superar para continuar. El objetivo consiste en avanzar hasta una profundidad determinada, derrotando enemigos y afrontando encuentros que se complican a medida que progresamos.

Durante cada expedición, Davy comienza desde un nivel bajo y va ganando experiencia al combatir. Esto nos permite escoger mejoras y potenciar distintas características mientras avanzamos. También podemos conseguir recursos que sirven para desbloquear ventajas y recuperar parte de nuestra capacidad para seguir luchando.

La muerte forma parte del proceso, pero no significa que hayamos perdido el tiempo. Volvemos a nuestra base, revisamos las opciones disponibles, invertimos los recursos obtenidos y nos preparamos para intentarlo otra vez. Poco a poco, lo que al principio parecía una misión suicida se convierte en una expedición más controlada, siempre que hayamos aprendido algo de nuestros errores.

Y aquí entra en juego el límite de tiempo. Cada incursión tiene un objetivo y un reloj que nos obliga a mantener el ritmo. Podemos elegir determinados caminos para avanzar más deprisa, pero saltarnos zonas también implica correr el riesgo de enfrentarnos a enemigos para los que todavía no estamos preparados. Si el tiempo se agota, Davy se vuelve vulnerable y comienza a perder salud, así que quedarse dando vueltas mientras decidimos qué habilidad probar no suele ser la mejor idea.

Este sistema añade presión y evita que las expediciones se conviertan en paseos interminables. Sin embargo, también puede jugar en contra de la experimentación. Cuando todavía estamos aprendiendo a manejar una transformación o queremos comprobar cómo funciona una mejora, tener el reloj pisándonos los talones no siempre resulta agradable.

La progresión acaba funcionando como uno de los grandes incentivos para seguir jugando. Cada nueva incursión nos permite poner a prueba lo aprendido, conseguir recursos y avanzar un poco más. El problema es que repetir esta estructura puede volverse algo reiterativo, especialmente cuando las partidas empiezan a parecerse demasiado entre sí.

Stupid Never Dies necesita que aceptemos su filosofía de entrar, combatir, mejorar y volver a intentarlo. Si disfrutamos de los roguelite, encontraremos una base sólida sobre la que construir nuestra progresión. Si preferimos una aventura de acción más directa, con escenarios diseñados para avanzar sin repetir tantas veces el proceso, es posible que la fórmula termine pesándonos.

Un sistema de combate que pide paciencia antes de repartir premios

Una de las claves para disfrutar de la aventura está en aprender a defendernos. Las paradas requieren precisión y dominar su funcionamiento puede marcar la diferencia entre controlar un enfrentamiento o terminar convertido en un montón de piezas mal colocadas. También debemos aprender cuándo conviene utilizar las transformaciones, cómo aprovechar los movimientos secundarios y qué mejoras nos interesa priorizar.

No es un juego que siempre nos permita avanzar a base de machacar botones sin mirar la pantalla, aunque en sus momentos más espectaculares pueda parecerlo. La acción tiene más capas de las que su presentación desenfadada deja entrever, y algunos enemigos nos obligan a cambiar de estrategia si no queremos pasar un mal rato.

Los jefes son especialmente importantes en este sentido. Sus enfrentamientos pueden exigir que aprovechemos bien las herramientas disponibles y lleguemos con una configuración adecuada. No basta con haber acumulado mejoras sin pensar: también tenemos que saber utilizarlas.

Por desgracia, el proceso de aprendizaje no siempre está tan bien llevado como nos gustaría. Algunas mecánicas tardan en resultar naturales y la cantidad de elementos que debemos controlar puede hacer que las primeras horas se sientan más torpes de lo necesario. Cuando el combate funciona, es divertido y tiene personalidad; cuando todavía estamos intentando entender qué hace cada cosa, la experiencia pierde parte de su fluidez.

También hay momentos en los que el ritmo de las incursiones nos deja poco margen para detenernos a experimentar. Entre el reloj, la progresión y la necesidad de sobrevivir, probar una combinación nueva puede sentirse más como una obligación que como una oportunidad para jugar con libertad.

A pesar de ello, el sistema tiene suficiente recorrido para mantener el interés una vez superada la barrera inicial. La variedad de estilos y las posibilidades de personalización permiten que cada jugador encuentre su manera de repartir golpes. Davy empieza siendo el último mono de la jerarquía monstruosa, pero con algo de práctica puede acabar repartiendo más que el matón de la discoteca.

Conclusiones

Stupid Never Dies es una aventura de acción con una personalidad muy marcada. Su estética dosmilera, el humor absurdo y la historia de un zombi enamorado le dan un encanto particular, mientras que el sistema Devoraestilos y los Body Hacks aportan una profundidad jugable que no esperábamos encontrar bajo semejante título. GPTRACK50 ha construido una propuesta que no tiene miedo de ser estrafalaria y que sabe recompensar a quienes están dispuestos a aprender sus mecánicas.

Su mayor virtud es también una de sus principales barreras. Hay muchas posibilidades que asimilar, algunas mecánicas necesitan práctica y el límite de tiempo puede dificultar la experimentación. Además, la estructura roguelite corre el riesgo de hacerse repetitiva cuando las incursiones empiezan a seguir patrones demasiado familiares. No es una aventura que muestre todo su potencial desde el primer minuto, y eso puede pasarle factura.

Pero cuando el combate empieza a fluir, las transformaciones encajan y descubrimos cómo combinar las habilidades de Davy, el juego consigue algo importante: dan ganas de volver a intentarlo. Cada expedición es una nueva oportunidad para mejorar, llegar un poco más lejos y demostrar que el zombi más inútil del mundo puede convertirse en una auténtica máquina de repartir mamporros.

Lo mejor

  • La personalidad visual, el humor y su espíritu gamberro.
  • El sistema Devoraestilos y la variedad de transformaciones.
  • Las posibilidades de personalización mediante los Body Hacks.
  • Un combate que gana profundidad cuando dominamos sus mecánicas.
  • La historia de Davy y su disparatada motivación romántica.

Lo peor

  • La cantidad de mecánicas puede abrumar durante las primeras horas.
  • Algunas acciones, como las paradas, necesitan práctica para dominarse.
  • El límite de tiempo puede dificultar la experimentación.
  • La estructura roguelite puede hacerse repetitiva a largo plazo.
  • Su interfaz y la presentación visual pueden resultar algo recargadas.

Ficha técnica

  • Juego: Stupid Never Dies
  • Desarrollo: GPTRACK50
  • Plataforma analizada: PC
  • Género: RPG de acción / Roguelite
  • Jugadores: 1
  • Plataformas: PC y PS5
  • Textos: Español
  • Voces: Inglés

Nota

8,5/10

Una aventura de acción gamberra y con mucha personalidad, capaz de enganchar gracias a sus transformaciones y su combate, aunque necesita paciencia para superar sus primeras horas y convivir con una estructura que puede volverse repetitiva.

*Este análisis de Stupid Never Dies para PC ha sido posible gracias una clave facilitada por Renaissance PR

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