Hay juegos que caen en ese extraño limbo al que solo acceden obras que llegaron en el momento justo… pero que no supieron mantenerse en la conversación. Juegos eclipsados por estrenos más ruidosos, por tendencias pasajeras o simplemente por la fatiga de un mercado que corre demasiado deprisa. Rise of the Ronin pertenece exactamente a ese club. Un título que desembarcó con la fuerza de una katana recién pulida, que prometía un mundo abierto con alma, un viaje histórico como no se había visto en años, y que aun así se desvaneció más rápido de lo que merecía. Por eso, si en este 2025 hay un juego que conviene reivindicar, rescatar, desempolvar y volver a mirar con un respeto nuevo, es este.

Porque Rise of the Ronin no fue solo “el mundo abierto de Team Ninja”. Fue el primer intento real del estudio por romper con su fórmula tradicional y atreverse con algo a mayor escala. Y aunque no lo logró todo, aunque no revolucionó nada y aunque en algunos momentos se notó limitado, también es cierto que consiguió capturar algo que muchos juegos más ambiciosos dejaron escapar: una sensación de viaje personal, una historia que se mueve contigo y unos personajes capaces de quedarse gravados incluso cuando el resto del mapa empieza a volverse familiar.

Quizá por eso hay jugadores que lo acabaron y nunca lo olvidaron. Quizá por eso, ahora que ha pasado el ruido y solo queda el poso, suena más fuerte la idea de que Rise of the Ronin fue algo más de lo que parecía. No el nuevo Ghost of Tsushima, no el Nioh de mundo abierto, no el Assassin’s Creed japonés… sino un híbrido sincero, imperfecto y lleno de intención, que merece ser rescatado de la avalancha de lanzamientos.

Y para reivindicarlo, toca volver a su historia, a esas ciudades que todavía resuenan, a los duelos tensos, a la luz de Yokohama al amanecer. Y recordar por qué este juego merece una segunda oportunidad.


Un Japón que cambia, un ronin que busca su lugar

Rise of the Ronin nos lleva al Bakumatsu, una de las épocas más convulsas del Japón del siglo XIX, cuando el shogunato empezaba a tambalearse y las potencias occidentales golpeaban las puertas con sus barcos de vapor. Ese choque cultural, político y militar no es simple telón de fondo: Team Ninja lo convierte en la sangre que bombea cada misión, cada conversación y cada elección.

Nuestro protagonista es un ronin sin maestro, pero también sin rumbo. Un guerrero dividido desde el primer minuto —literalmente, porque el juego te permite crear dos personajes cuya separación marca el inicio de la aventura— y que al mismo tiempo busca su identidad en un país que también está tratando de no derrumbarse.

A diferencia de otros títulos donde la historia va por un lado y el mapa por otro, aquí casi cualquier acción encuentra su lugar en el contexto. Los personajes históricos cruzan tu camino de una forma más orgánica que en los dos Nioh, donde la fantasía acababa tragándose al rigor histórico. En Rise of the Ronin todos parecen tener un motivo, una ideología, un conflicto real. Y si decides implicarte, el sistema de relaciones empieza a dar frutos: aparecen misiones exclusivas, escenas que no verás si no cuidas una amistad o una alianza, detalles que construyen un vínculo que puede llegar a importar más que el propio botín.

Team Ninja nunca había logrado retratar personajes con tanto encanto y tanto peso emocional. Y es curioso, porque no fue un estudio conocido por su narrativa durante la era Nioh. Aquí, sin embargo, se nota el esfuerzo, el mimo, la intención de que al cerrar la aventura no solo recuerdes el filo de tu espada, sino los rostros que te acompañaron en el camino.


Un mundo abierto lleno de tareas… sí, pero también lleno de ritmo

Hablar de Rise of the Ronin es hablar de un mapa que se siente gigante al principio y que luego se acomoda como un viejo tatami. Yokohama, Edo y Kioto conforman tres regiones amplias, muy distintas entre sí, casi como tres juegos diferentes unidos por un mismo viaje. Y aunque es cierto que su estructura sigue un patrón familiar —gatos perdidos, cofres, campamentos enemigos, fotografías de lugares concretos, desafíos de planeo o tiro con arco—, lo importante no es la variedad, sino la velocidad. El juego entiende que moverse debe ser divertido por sí mismo. Y ahí entran en juego el planeador, el caballo y el gancho, tres herramientas que se combinan mejor de lo que parece sobre el papel y que convierten el desplazamiento en un pequeño espectáculo.

Rise of the Ronin no oculta que le debe parte de su ADN a Assassin’s Creed en su “limpieza de iconos”, ni que Ghost of Tsushima fue un estímulo evidente para que Team Ninja diera el salto. Pero el ritmo —rápido, ágil, casi impaciente— es suyo. Avanzas porque quieres ver qué hay más allá de la colina, porque un icono a diez metros significa un combate rápido, un botín nuevo o una vista que quizá merezca otra foto. Y sí: se repiten ciertas actividades, se repite la estructura, se repite el patrón. Pero para muchos jugadores, esa repetición no fue un lastre, sino una forma cómoda de avanzar sin perderse en complejidades innecesarias.

Rise of the Ronin no quiere que te abras paso en un mundo hostil con esfuerzo. Quiere que fluyas. Quiere que te muevas. Quiere que te sientas ligero.


El combate: el viejo espíritu de Team Ninja en un cuerpo más accesible

Si hay algo que Team Ninja sabe hacer, es combatir. Y aunque Rise of the Ronin suaviza la experiencia para llegar a más público, sigue siendo un juego donde los parrys suenan como golpes de tambor en medio de la noche. Donde la barra de ki manda. Donde un paso mal dado te puede costar la vida.

El estudio integró sistemas clásicos —posturas, armas con ritmos distintos, ataques fuertes, ataques especiales, resistencia, ruptura de postura— pero también introdujo cambios drásticos: la progresión del personaje ya no depende de menús arcanos, sino de un sistema de experiencia unificado; los compañeros pueden acompañarte en casi todas las misiones; y las armas a distancia y el sigilo tienen un papel más relevante que nunca.

El combate, al contrario que el mundo abierto, es donde Rise of the Ronin se libera de comparaciones. No se siente Nioh. No se siente Sekiro. No se siente Souls. Se siente Team Ninja intentando no repetirse, intentando domar su propio estilo para hacerlo más flexible, más narrativo incluso, más coherente con un mundo menos opresivo.

Y aunque no todos los jefes están al nivel de los grandes del estudio, algunos combates quedan grabados por su intensidad, por su carga dramática o por lo bien que encajan en el viaje del protagonista.


Una belleza irregular, pero una belleza al fin y al cabo

Rise of the Ronin no es un portento técnico. Y aquí conviene ser justos: sus texturas no siempre están a la altura, los interiores a veces parecen de otra generación y muchos NPCs podrían haber salido del Nioh de 2017. Pero cuando el juego respira, cuando abre el plano y muestra un amanecer sobre Kioto o una ciudad japonesa iluminada por farolillos, muestra una belleza que no necesita músculo gráfico para brillar.

De hecho, el modo rendimiento —con sus 60 fps estables— es donde más luce todo el conjunto. La subida de resolución no aporta gran cosa si el resto no acompaña, pero la fluidez sí lo hace: el gesto, la animación, la velocidad del movimiento, la lectura de los ataques. Rise of the Ronin es un juego pensado para moverse rápido, para reaccionar rápido, para mirar lejos. Y ahí, el rendimiento siempre gana a la nitidez.

Además, el doblaje completo al castellano fue un regalo que no muchos juegos de gran presupuesto ofrecieron ese año. Con sus irregularidades, con voces repetidas, con algunos matices mejorables, pero con un esfuerzo sincero detrás que se agradece en cada conversación.


Un juego que no quiso ser el mejor, pero sí ser querido

Quizá la clave de este reportaje está en lo siguiente: Rise of the Ronin no quiso cambiar el mundo de los videojuegos. Quiso gustarte. Quiso acompañarte. Quiso ser un viaje que recordaras.

Y lo consiguió.

Porque aunque su mundo abierto no sea revolucionario, aunque su estructura se repita y aunque técnicamente esté lejos de un first party de Sony al uso, hay algo en él que invita a volver. Algo en sus personajes, en su tono, en la forma en la que mezcla historia real con ficción sin desconectar al jugador. Algo en su honestidad.

Este 2025 está lleno de juegos enormes, inteligentes, espectaculares, sorprendentes. Pero pocos tienen el corazón de Rise of the Ronin. Pocos quieren tanto que disfrutes sin pedir nada más a cambio. Pocos dejan esa sensación de viaje íntimo que parece durar más allá de su propia historia.

Por eso, si hay un juego que merece ser reivindicado, recordado y recuperado, es este. No porque fuera perfecto, sino porque fue sincero. Y porque, en un año donde lo excesivo a veces eclipsa lo humano, Rise of the Ronin se mantuvo fiel a sí mismo.


Conclusión

Rise of the Ronin fue, es y probablemente seguirá siendo el proyecto más ambicioso, más humano y más emocional de Team Ninja. Un mundo abierto sencillo pero vivo, un combate contundente pero accesible, una historia llena de figuras históricas que se sienten reales y unos personajes que dejan huella. Un juego que no buscó sorprender, sino acompañar. Y que con el paso del tiempo está ganando un valor inesperado: el de aquellas obras que no apuntan a lo más alto, pero acaban encontrando un lugar especial entre quienes se atrevieron a vivirlas.

Un título imperfecto que merece ser recordado. Y sobre todo, merece ser jugado hoy, en este 2025 en el que todavía tiene cosas que decir.

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo