Después de dos entregas que redefinieron el action RPG de corte exigente, Nioh 3 llega con la difícil tarea de cerrar una trilogía que ha construido su reputación sobre un sistema de combate técnico, profundo y tremendamente satisfactorio. La pregunta no es si habrá acción —eso se da por hecho— sino si esta tercera parte logra evolucionar la fórmula sin perder su identidad.

Tras más de 50 horas recorriendo su Japón alternativo plagado de yokai y conspiraciones políticas, la respuesta es clara: Nioh 3 es un juego formidable en lo mecánico, ambicioso en lo estructural y discutible en lo creativo. Una entrega que amplía horizontes, pero que también arrastra sombras del pasado.


La sombra del shogun

En esta ocasión encarnamos a Tokugawa Takechiyo, figura destinada a convertirse en shogun en un Japón fracturado por la guerra y la influencia sobrenatural. La narrativa mezcla personajes históricos con folclore y realidades alternativas, un sello ya característico de la saga.

El eje argumental gira en torno a los llamados “Purgatorios”, dimensiones distorsionadas donde los yokai dominan el entorno y donde la línea entre historia y fantasía se diluye. No estamos ante una revolución narrativa, pero sí ante un contexto sólido que justifica el viaje constante entre regiones y épocas.

La historia cumple, aunque no deslumbra. Sirve como motor para la acción, que es donde realmente brilla el juego.


Mundo abierto… con condiciones

Si algo marca un punto de inflexión es la apuesta por una estructura más abierta. Tras experimentar con este enfoque en Rise of the Ronin, el estudio refina la idea aquí, aunque con matices.

No hablamos de un mundo completamente libre al estilo sandbox. En su lugar, encontramos grandes regiones divididas en distritos con nivel recomendado. Ignorar estas recomendaciones es un error: los enemigos pueden convertirse en auténticas murallas de daño si no vamos preparados.

El diseño del mundo abierto es funcional, pero conservador. Marcadores, iconos y actividades repartidas por el mapa recuerdan a fórmulas ya vistas. Sin embargo, introduce una mecánica interesante: el nivel de descubrimiento. Explorar aumenta este indicador, otorgando mejoras permanentes de daño, defensa o suerte. Al alcanzar el máximo nivel, se revelan los secretos pendientes.

Este sistema convierte la exploración en algo más que un simple checklist. Aquí sí merece la pena desviarse del camino principal.


Dos estilos, un combate soberbio

El gran pilar de Nioh 3 es su sistema de combate dual. Podemos alternar instantáneamente entre dos estilos: samurái y ninja.

El samurái representa la tradición de la saga. Tres posturas, gestión del Ki con pulsos perfectamente sincronizados y armas contundentes como odachis o hachas. Es técnico, estratégico y familiar para los veteranos.

El ninja, en cambio, aporta frescura. Más ágil, más letal en ráfagas cortas y con un enfoque más cercano al esquive constante. Carece de pulso de Ki, pero compensa con habilidades de movilidad como Niebla, que permite reposicionarse con rapidez.

La posibilidad de alternar estilos en tiempo real es brillante. Encadenar golpes pesados como samurái y rematar por la espalda como ninja genera una sensación de fluidez espectacular. Visualmente impactante, jugablemente profunda.

Eso sí, no es sencillo dominar ambos enfoques a la vez. Requiere práctica y concentración.


Un RPG que puede abrumar

La profundidad del sistema tiene un precio: la gestión del botín se multiplica. Cada estilo posee su propio arsenal, estadísticas y sinergias. El volumen de equipo es masivo.

Para los amantes del min-maxing es un festín. Bendiciones de Kodama, mejoras de herrería, títulos pasivos… todo suma. Construir una build óptima puede llevar horas.

Pero también puede saturar. En la recta final, la constante revisión de estadísticas pierde frescura. El juego no simplifica nada, y eso puede ser una barrera para quienes prefieran un enfoque más directo.


Jefes memorables… y déjà vu constante

Si algo define a la saga son sus combates contra jefes, y aquí no decepcionan. Las batallas principales son exigentes, intensas y variadas. La dualidad de estilos permite afrontar cada enfrentamiento con enfoques distintos.

En el mundo abierto abundan minibosses que recuerdan a la estructura de Elden Ring: enemigos poderosos integrados en la exploración. Superarlos suele ser gratificante.

Sin embargo, aquí aparece el gran problema del juego: la reutilización.

Muchos enemigos y jefes regresan directamente de entregas anteriores. No hablamos de guiños puntuales, sino de una presencia reiterada. Animaciones, patrones e incluso diseños completos reaparecen.

El reciclaje no es negativo per se, pero en Nioh 3 se siente excesivo. Para nuevos jugadores puede pasar desapercibido; para veteranos resulta evidente.


Sensaciones finales

Como producto aislado, Nioh 3 es excelente. Su sistema de combate es uno de los mejores del género. La dualidad de estilos es una evolución natural y efectiva. El mundo abierto amplía la escala sin romper el ritmo.

Pero como secuela, le falta más identidad propia. El reciclaje empaña parte de su brillo.

No reinventa la fórmula, pero la perfecciona. Si te gusta el ADN de la saga, aquí encontrarás más profundidad, más opciones y más horas de desafío.

Uno de los aspectos que más debate va a generar entre los jugadores veteranos es la manera en la que Nioh 3 estructura su progresión dentro del mundo abierto y cómo esta decisión afecta al ritmo general de la aventura. A diferencia de las misiones más encapsuladas de anteriores entregas, aquí Team Ninja apuesta por regiones amplias interconectadas que invitan a desviarse constantemente del objetivo principal. Sobre el papel, esto suena como una evolución natural: más libertad, más secretos, más oportunidades para fortalecer a nuestro personaje antes de afrontar los grandes picos de dificultad. En la práctica, el sistema funciona… pero también diluye ligeramente la tensión que caracterizaba a la saga. Antes, cada misión era un recorrido medido al milímetro, con enemigos colocados estratégicamente y una curva de dificultad diseñada con precisión quirúrgica. Ahora, al poder abordar distritos en distinto orden —siempre respetando los niveles recomendados— el ritmo se vuelve más irregular. Puedes pasar de una zona extremadamente exigente a otra relativamente asequible simplemente porque el mapa te lo permite. Eso no significa que el diseño sea pobre; de hecho, hay mazmorras opcionales y fortalezas enemigas con un diseño brillante, repletas de atajos, emboscadas y arenas cerradas que recuerdan al mejor Nioh 2. El problema es que entre esos momentos de oro hay trayectos más funcionales, espacios amplios con enemigos reaprovechados y campamentos que no siempre aportan algo nuevo más allá del botín. El sistema de “nivel de descubrimiento” mitiga esta sensación, porque convierte la exploración en algo estratégicamente relevante: no recorres el mapa solo por completismo, sino porque sabes que alcanzar el máximo rango te dará ventajas tangibles y permanentes. Esa capa metajugable es inteligente, ya que transforma la curiosidad en poder real. Sin embargo, también introduce una pequeña trampa psicológica: si eres completista, sentirás la obligación de limpiar cada región al 100% antes de avanzar, lo que puede ralentizar la narrativa y provocar cierta fatiga. Es una estructura más ambiciosa, sí, pero menos compacta. Más grande, pero menos intensa. Y en una saga donde la intensidad era uno de sus sellos, ese matiz se nota.

En lo que respecta al combate —el verdadero corazón del juego— es imposible no reconocer que estamos ante uno de los sistemas más profundos y satisfactorios del género. La dualidad entre samurái y ninja no es un simple añadido cosmético, sino un rediseño completo de la filosofía jugable. El samurái mantiene la elegancia técnica de siempre: control del espacio, gestión precisa del Ki, castigo severo ante el error y recompensa proporcional al dominio del tempo. Es una danza marcial donde cada postura tiene sentido y cada arma define un estilo. El ninja, en cambio, introduce una agresividad calculada que transforma los enfrentamientos en ráfagas de violencia quirúrgica. Aquí no se trata de aguantar el intercambio, sino de desestabilizar, entrar y salir antes de que el rival pueda reaccionar. Lo fascinante es cómo ambos estilos se complementan. Hay jefes que parecen diseñados para forzarte a alternar constantemente, castigando la rigidez estratégica. Un enemigo lento y devastador puede ser más manejable con el ninja, mientras que uno errático y veloz puede exigir la estabilidad defensiva del samurái. Esta interacción eleva el techo de habilidad de forma considerable. Sin embargo, también incrementa la curva de aprendizaje. Dominar un estilo ya era complejo en entregas anteriores; aquí dominar dos implica una inversión de tiempo notable. Para algunos será una bendición, para otros una barrera. A eso se suma la capa de personalización, que multiplica estadísticas, sinergias y variables hasta niveles casi obsesivos. Cuando todo encaja —arma adecuada, build optimizada, cambio de estilo en el momento justo— Nioh 3 alcanza momentos de brillantez absoluta, combates que se sienten como coreografías improvisadas donde tú marcas el ritmo. Pero cuando el sistema se desequilibra, ya sea por diferencia de nivel o por acumulación excesiva de variables, puede resultar abrumador. Es un combate extraordinario, sí, pero exigente hasta en su propia complejidad.


Conclusión

Nioh 3 es la culminación mecánica de la saga. Ofrece un combate sobresaliente, una estructura más ambiciosa y una dualidad jugable que funciona de maravilla. Sin embargo, su falta de frescura en enemigos y recursos artísticos le impide alcanzar la excelencia absoluta.

Es un juego exigente, complejo y tremendamente satisfactorio. Pero también conservador.


Lo mejor

  • Sistema de combate dual brillante y profundo.
  • Alternancia fluida entre samurái y ninja.
  • Jefes principales intensos y memorables.
  • Exploración recompensada con mejoras reales.
  • Gran cantidad de contenido.

Lo peor

  • Exceso de reciclaje de enemigos y animaciones.
  • Gestión de inventario abrumadora.
  • Mundo abierto funcional, pero poco innovador.
  • Puede resultar continuista para veteranos.

Desarrollador: Koei Tecmo
Editor: Koei Tecmo
Plataformas: PS5, PC
Género: Action RPG
Duración aproximada: 50 horas (historia principal)


Nota final: 8 / 10

Un action RPG sobresaliente en lo jugable, ambicioso en estructura y algo conservador en creatividad. Acción a raudales, profundidad técnica y un sistema dual que eleva la fórmula, aunque no la reinventa.

Este análisis ha sido posible gracias a una clave de PC otorgada por Koei Tecmo

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