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Si alguna vez has cometido el error vital de liderar una hermandad en un MMO, sabrás perfectamente lo que es el sufrimiento real. No hay tortura infernal que supere el tener que cuadrar las agendas de cuarenta personas para meterse en una mazmorra un martes por la noche, aguantar al típico pesado que se duerme en los botes de veneno y escuchar dramas por el reparto de un botín pixelado. Es una odisea que te envejece diez años.

Por eso, cuando los chicos de Thunder Lotus Games (sí, los mismos que te hacían mimar espíritus cuquis en Spiritfarer) soltaron la bomba de que estaban pariendo un juego donde treinta y tres personas se meten a la vez en una raid sin necesidad de organizarse, muchos pensamos que se les había ido la pinza por completo.

El resultado de ese experimento se llama 33 Immortals, ya está disponible en su versión de PC (la que hemos destripado para este análisis) y os adelantamos que es una de las movidas más frescas, raras y adictivas que vais a catar este año. No es perfecto, ni mucho menos, pero la idea de montar una huelga general contra Dios en pleno averno tiene demasiada fuerza como para pasar de largo.

Directos al matadero de Dante

Olvídate de cinemáticas pomposas de diez minutos explicándote el lore del mundo o de tutoriales masticados para que aprendas a pulsar la barra de espacio. Aquí eres un alma en pena, un maldito desagraciado que ha terminado en lo peor del infierno y que, en lugar de aceptar los latigazos del destino, decide unirse a una rebelión multitudinaria inspirada muy de cerca en La Divina Comedia. El juego te suelta en mitad del mapa junto a otra marabunta de treinta y dos colgados y te dice: «Ahí tienes los monstruos, búscate la vida».

Las primeras partidas son un bofetón de realidad mareante. La pantalla se convierte de golpe en un hormiguero humano donde todo el mundo corre en direcciones opuestas, los demonios aparecen por oleadas debajo de las piedras y los efectos de los hechizos te saturan la retina. Es un sálvese quien pueda de manual. Sin embargo, cuando dejas de hiperventilar y juegas tres o cuatro rondas, te das cuenta de que debajo de ese aparente descontrol hay un diseño inteligentísimo que premia, por encima de todo, el sentido común colectivo.

Aquí no hay espacio para tu ego

Lo que más nos ha gustado del planteamiento de Thunder Lotus es que le han pegado una patada tremenda al concepto de «héroe individual» que impera en la industria. En casi cualquier cooperativo actual, el juego está diseñado para que el tipo más hábil destaque, se flipe con sus estadísticas y mire por encima del hombro a los demás. En 33 Immortals eso no funciona. Si vas de lobo solitario intentando marcarte el tanto, el mapa te va a triturar en un abrir y cerrar de ojos. Aquí el único protagonista real es el grupo.

Toda la estructura del juego te obliga a colaborar con perfectos desconocidos de una forma casi mística. Te vas a encontrar con altares que exigen que tres o cuatro tíos sacrifiquen su posición a la vez, habilidades rúnicas combinadas que solo se desatan si varias almas se juntan para canalizarlas, y momentos de pura supervivencia donde hay que repartirse el trabajo de forma totalmente espontánea.

¿Lo mejor? Que no te hace falta activar el chat de voz para que la cosa ruede. El juego se comunica a través de señales visuales en el suelo, iconos intuitivos y un lenguaje mecánico tan bien parido que, al final, acabas entendiéndote con un polaco y un coreano a las tres de la mañana a base de puros instintos gladiatorios. Cuando la maquinaria humana funciona, es un jodido espectáculo.

El bucle del averno: Morir, pagar y repetir

La chicha de 33 Immortals se apoya sin complejos en las bases del roguelike clásico. Cada incursión es un lienzo en blanco: sales a la arena con tu equipamiento base y te toca ir limpiando zonas, superando desafíos exprés y acumulando reliquias y mejoras temporales que potencian tu supervivencia o el daño del grupo. Hay armas para todos los gustos (espadas rápidas, arcos a distancia, pesados cañones) y cada una cambia radicalmente tu forma de posicionarte en la batalla.

Aunque morder el polvo es el estado natural de tu personaje, el juego mitiga la frustración gracias a una progresión permanente bastante bien tirada. Las almas y recursos que rapiñas antes de estirar la pata te sirven en el campamento base para desbloquear ventajas pasivas definitivas, nuevos estilos de combate y mejoras de equipo que hacen que tu siguiente reencarnación sea un pelín más dura de pelar. No inventa la rueda, pero el pique por ver qué build te sale en la siguiente partida te mantiene bien pegado al monitor.

Una discoteca poligonera que te nubla la vista

El gran problema que arrastra el juego, y que os va a costar más de un cabreo monumental, es la falta de finura en el combate cuando las cosas se ponen verdaderamente masivas. El control tiene una rigidez molesta en las animaciones; a veces inicias un ataque y te quedas vendido en el sitio porque el juego no te permite cancelar el movimiento para tirar de esquiva, una esquiva que, por cierto, tampoco es que sea la alegría de la huerta en cuanto a precisión milimétrica.

Esta tosquedad se vuelve un auténtico dolor de muelas cuando se junta el festival de luces en pantalla. Con treinta y tres tíos tirando magias rúnicas, explosiones elementales, flechas de colores y círculos de sanación a la vez, el juego se transforma en una discoteca tecno a las cuatro de la mañana. No ves absolutamente nada. Es muy habitual encontrarte muriendo de un guantazo del que no has visto ni la trayectoria, o recibiendo daño por pisar un charco de veneno que estaba camuflado debajo de veinte efectos mágicos de tus aliados. Le falta un hervor urgente a la limpieza visual y al pulido de los inputs para que la experiencia se sienta justa en los momentos de máximo agobio.

Jefes legendarios y el fantasma de los servidores desiertos

Por suerte, todo ese cabreo por el caos visual se te pasa cuando el juego te encierra con los jefes finales de zona. Aquí es donde se nota que el estudio tiene un talento descomunal. Los jefazos son coreografías puras de diseño cooperativo: te obligan a reaccionar en décimas de segundo, forzando a todo el grupo a dispersarse ante tormentas de fuego, a juntarse bajo cúpulas protectoras o a priorizar objetivos secundarios bajo una presión asfixiante. Derrotar a un bicho del tamaño de un rascacielos junto a treinta desconocidos tras una batalla de diez minutos extenuante te da un subidón que ríete tú de las raids del WoW. Son los momentos más salvajes y redondos de todo el título.

A nivel artístico, el juego es una delicia artesanal con esa ilustración bidimensional tan característica de la casa, llena de colores intensos que contrastan con la sordidez del averno. La banda sonora acompaña bien el traqueteo de la acción, aunque no se te va a quedar grabada a fuego en el cerebro como pasaba en sus anteriores obras.

El verdadero peligro que tiene 33 Immortals entre manos es su propia naturaleza: necesita una comunidad gigantesca para no morir. El diseño está pensado por y para los treinta y tres jugadores. Si la población de los servidores baja lo más mínimo con el paso de las semanas, el juego se resiente una barbaridad: las colas de emparejamiento se vuelven eternas, los combates normales se hacen larguísimos y aburridos y el equilibrio salta por los aires. Es un título que depende al 100% de que Kepler Ghost y Thunder Lotus sepan mantener viva la llama de la comunidad, porque si los servidores se vacían, el juego se vuelve impracticable.

Conclusiones

33 Immortals es un experimento cooperativo loquísimo que sale bien parado gracias a su desparpajo y a la valentía de su propuesta. Thunder Lotus ha conseguido democratizar las raids masivas de los MMO metiéndolas en un formato roguelike rápido, directo y muy gamberro. Tiene problemas de legibilidad visual que te dejarán ciego más de una vez y al combate le falta un punto de precisión para ser perfecto, pero la epicidad de sus jefes finales y la genialidad de coordinarte con treinta desconocidos sin decir una sola palabra compensan de sobra sus carencias. Si buscas algo diferente para quemar el teclado con amigos (o sin ellos), esta rebelión infernal merece mucho la pena.

Lo mejor

  • Una idea cooperativa masiva brillantemente ejecutada y muy original.
  • Los combates contra los jefes finales son una puñetera obra de arte.
  • La dirección artística y el mimo visual de los diseños hechos a mano.
  • Conseguir que treinta y tres tíos colaboren sin necesidad de chats de voz molestos.
  • Las sensaciones de epicidad colectiva cuando el grupo funciona al unísono.

Lo peor

  • El combate y la esquiva pueden sentirse toscos e imprecisos en los momentos críticos.
  • El festival de efectos visuales llega a ser tan excesivo que te nubla la jugabilidad.
  • Totalmente expuesto a quedarse obsoleto si la comunidad de jugadores disminuye.

Ficha Técnica

  • Título: 33 Immortals
  • Desarrollador: Thunder Lotus Games
  • Editor:Thunder Lotus Games, Kepler Ghost
  • Plataformas: PC (Versión analizada), Xbox Series X/S
  • Género: Roguelike de acción cooperativo / Incursión masiva

Nota Final

7/10

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