Volver a un universo tan reconocible como el de Scott Pilgrim no es una decisión trivial. La obra creada por Bryan Lee O’Malley tiene una identidad muy marcada: humor autoconsciente, cultura pop, música, drama juvenil y, por supuesto, puñetazos con estilo arcade. Cuando un estudio decide regresar a ese terreno, la comparación es inevitable. Y más aún cuando el precedente es uno de los beat’em up más queridos de la pasada década.

Sin embargo, lo primero que deja claro Scott Pilgrim EX es que no pretende vivir únicamente de la nostalgia. Lo nuevo de Tribute Games no es una simple reedición ni una actualización conservadora: es una reinterpretación con ambición, una secuela espiritual que respeta la base clásica pero se permite introducir cambios estructurales que alteran el ritmo y la sensación general.

Tras probar esta versión preliminar, las sensaciones son mayoritariamente positivas. No es solo un reencuentro, es una evolución consciente.


Una Toronto rota en el espacio-tiempo

La premisa nos sitúa en una Toronto fracturada, donde el espacio-tiempo se ha desajustado y nuestros protagonistas deben enfrentarse a todo tipo de amenazas absurdas: bandas de veganos, robots descontrolados, criaturas demoníacas y enemigos que parecen sacados de una mezcla imposible entre cómic independiente y videojuego de los 90.

El planteamiento argumental, aunque no busca una complejidad excesiva, funciona como excusa perfecta para justificar variedad de escenarios y situaciones. Y lo más importante: mantiene intacto el tono sarcástico y referencial que define la franquicia.

Los diálogos vuelven a respirar esa ironía seca, ese humor meta y ese ritmo rápido que tan bien funcionaba en el material original. Se nota supervisión y coherencia tonal. No estamos ante una parodia superficial, sino ante un universo que entiende su propio ADN.


Beat’em up clásico… pero con matices

En lo jugable, Scott Pilgrim EX mantiene la base del beat’em up de desplazamiento lateral: avanzar, limpiar pantalla y encadenar combos. Pero aquí empiezan las diferencias.

A diferencia del esquema más lineal del título de 2010, ahora los niveles están interconectados. Hay cierta exploración, rutas alternativas e incluso pequeñas misiones secundarias. Esto introduce un componente más dinámico, aunque también fragmenta el ritmo clásico de “fase cerrada con jefe final”.

El combate, por su parte, se siente más ágil y permisivo. La respuesta al mando es inmediata y el sistema de combos permite improvisar con mayor libertad. Puedes optar por un enfoque más directo —machacar botones y disfrutar del caos— o intentar dominar cancelaciones, encadenados y ataques especiales con mayor precisión.

Esa doble lectura es uno de sus mayores aciertos: accesible para quien solo busca diversión arcade, pero con profundidad suficiente para quienes quieren dominarlo.


Personajes diferenciados y sistema de apoyo

Uno de los elementos que más enriquecen la experiencia es la variedad de personajes jugables. Cada uno presenta un estilo claramente diferenciado: velocidad, alcance, fuerza bruta, control de masas… No son simples skins intercambiables.

Además, el sistema de apoyo especial añade una capa estratégica interesante. Poder intercambiar habilidades o modificar estadísticas mediante insignias genera sensación de progresión y personalización. No estamos ante un RPG profundo, pero sí ante un sistema que incentiva probar combinaciones distintas y adaptarse a cada situación.

La clave estará en el equilibrio final. Si las mejoras no se ajustan bien, podría derivar en builds dominantes o en repetición. Pero como idea base, funciona y amplía la fórmula clásica.


Cooperativo: el caos como virtud

El modo cooperativo para hasta cuatro jugadores, tanto local como en línea, es otro de los pilares del diseño. Y aquí el juego brilla especialmente.

Las peleas multitudinarias se convierten en pequeños festivales de efectos, golpes especiales y enemigos volando por los aires. El caos está presente, pero no resulta ilegible. Se percibe control dentro del desorden.

La experiencia cooperativa parece pensada como núcleo central, no como añadido. Y eso se nota en cómo el diseño de encuentros favorece sinergias y coordinación.


Pixel art y música: identidad intacta

En el apartado artístico, Tribute Games demuestra una vez más su dominio del pixel art. Los escenarios están llenos de pequeños detalles, animaciones fluidas y una paleta vibrante que mantiene el espíritu retro sin sentirse anticuada.

El estilo visual no intenta modernizar a la fuerza. Se mantiene fiel al cómic, pero con una ejecución técnica más refinada.

La música, mezcla de chiptune y rock enérgico, refuerza la sensación arcade y acompaña perfectamente el ritmo de combate. No es simple acompañamiento: marca el tempo de la acción.


Luces y sombras en la estructura

No todo es perfecto en este estado preliminar.

La estructura fragmentada puede resultar algo confusa al principio. La interconexión de zonas rompe el flujo clásico y, aunque añade variedad, también puede diluir la sensación de progresión lineal que muchos asocian al género.

Además, las fases más cortas generan una sensación más episódica. Esto puede gustar a quienes prefieren sesiones breves, pero quienes busquen bloques más largos y contundentes podrían sentir cierta interrupción constante.

Por último, la progresión necesita equilibrio. Si el sistema de mejoras no se calibra adecuadamente, el bucle jugable podría volverse repetitivo.


Primeras sensaciones

Scott Pilgrim EX no es una secuela complaciente. Tampoco es una ruptura radical. Es una evolución que respeta la base, pero se atreve a tocar estructura, ritmo y personalización.

La clave estará en cómo Tribute Games termine de ajustar la progresión y el ritmo general. Si consigue pulir esos aspectos, podemos estar ante algo más que un regreso nostálgico: una reinterpretación moderna del beat’em up clásico con identidad propia.

De momento, las sensaciones son muy positivas. Se siente fresco sin perder esencia. Y eso, cuando hablamos de un universo tan definido, no es precisamente fácil.

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