Alt="Fantasy"

Durante años hubo una especie de broma recurrente, casi un meme de barra de bar, entre los aficionados a Nintendo. Cada vez que aparecía un juego técnicamente espectacular en los eventos de la competencia, siempre saltaba el típico motivado en redes a soltar la mítica pregunta: “¿Y esto podría salir en una Switch?”. La respuesta del resto de la comunidad normalmente era una sonrisa resignada, palmadita en la espalda y un rotundo “ni de coña, alma de cántaro, que explota la consola”.

Por eso resulta tan jodidamente extraño, casi irreal, estar escribiendo estas líneas hoy.

Porque sí, chavales, Final Fantasy VII Rebirth está entre nosotros y corre de forma nativa en Nintendo Switch 2.

Y ojo, que aquí es donde viene el primer guantazo de realidad: no estamos hablando de una de esas versiones infames a través de la nube que se congelan en cuanto tu vecino enciende el microondas. Tampoco es una adaptación desnatada, recortada hasta dejarla irreconocible o convertida en un festival de polígonos bailongos dignos de la primera PlayStation. Hablamos de uno de los RPG más ambiciosos, mastodónticos y exigentes a nivel gráfico de la actual generación funcionando directamente en una máquina híbrida que te puedes meter en la mochila.

Y lo más loco de todo es que el invento rinde muchísimo mejor de lo que el más optimista de los nintenderos se atrevía a soñar en sus fantasías más salvajes.

Vamos a ir de frente y sin vender humo, que aquí nos conocemos todos. Hay sacrificios. Hay recortes visuales sangrantes si lo comparas frente a frente con una pantalla OLED de 65 pulgadas conectada a una bestia de sobremesa. Hay limitaciones técnicas que saltan a la vista si te pones tiquismiquis a buscar el píxel rascado. Pero después de meterle varias decenas de horas recorriendo praderas inmensas, escalando montañas, haciendo el canelo en ciudades costeras y partiéndome la cara con bichejos de todos los tamaños, la sensación es inapelable: Square Enix se ha sacado de la manga una jodida brujería técnica que hace tres años nos habría parecido absoluta ciencia ficción.

Más allá de la opresión de Midgar: Un mundo salvaje

Quien completara Final Fantasy VII Remake ya sabe perfectamente de qué pie cojeaba y cuáles eran las virtudes de aquella primera entrega. Básicamente, se encargaron de estirar el prólogo de la joya original de 1997 —toda la sección de la metrópolis industrial de Midgar— hasta límites casi enfermizos. Estaba genial y artísticamente era un caramelito, sí, pero a veces se le veían las costuras con pasillos interminables y un ritmo que se resentía a base de meter relleno con calzador.

Rebirth juega en una liga completamente distinta. Aquí el jodido mundo se abre de verdad.

Olvidaos de los muros de hormigón gris, de los suburbios techados y de la opresión claustrofóbica de la megaciudad de Shinra. Cloud, Tifa, Aerith, Barret, Red XIII y el resto de la tropa empaquetan sus bártulos, cruzan el umbral de salida y se lanzan a un viaje que recupera la esencia pura, indomable y aventurera del mapamundi original. Es esa maravillosa sensación de “mira hacia ese horizonte lejano, porque puedes ir andando hasta allí y reventar lo que te encuentres”.

Lo primero que me voló la cabeza al ponerme a los mandos de esta versión para Switch 2 fue lo bien que maneja el sutil equilibrio entre la nostalgia más pura y la sorpresa constante. Aunque te sepas el guion del juego original al dedillo, el equipo comandado por Tetsuya Nomura se encarga de pegarte bofetadas narrativas cada dos por tres. Hay giros de guion de esos que te dejan loco, cambios de perspectiva brutales y reinterpretaciones de escenas míticas que te obligan a arquear la ceja.

Cuando crees que sabes exactamente qué va a pasar al girar la siguiente esquina, Square Enix te mira a los ojos, sonríe de medio lado y te demuestra que esta trilogía está jugando bajo sus propias y caóticas reglas. La trama de Zack Fair va ganando un peso específico brutal, los misterios alrededor de Sephiroth no paran de crecer y las tensiones políticas entre Shinra y el resto de naciones aportan un empaque brutal. Nada se siente metido con calzador; todo fluye en una historia que sabe cuándo ponerse épica, cuándo hacerte suelta la lagrimita y cuándo, simplemente, dejar que sus personajes respiren, se vayan de copas o hagan el ridículo en un minijuego costero. El desarrollo de su reparto es, sin duda, el verdadero corazón de esta epopeya.

Un viaje portátil que te pone los pelos de punta

Hay algo que la saga Final Fantasy lleva haciendo mejor que nadie desde hace décadas: la capacidad casi mística para fabricar momentos memorables. Y ojo, que no me refiero solo a las cinemáticas carísimas donde todo explota y los personajes hacen piruetas imposibles desafiando las leyes de la física. Me refiero a los detalles pequeños, esos que se te clavan en el pecho y no te sueltan. Una charla tonta alrededor de una hoguera a mitad de la noche, una mirada cómplice cargada de silencios, una despedida amarga o una revelación que te deja digiriendo el impacto durante diez minutos pegado a la pantalla.

Aquí es donde se destapa uno de los grandes aciertos de esta versión: el formato portátil de Switch 2 potencia de manera brutal la intimidad de la narrativa.

Durante los días de análisis me descubrí más de una vez tirado en el sofá a las tantas de la madrugada, con los auriculares bien apretados, completamente aislado del mundo real y metido hasta el cuello en una secuencia que, técnicamente, ya me sabía de memoria. Lograr que un transatlántico de este calibre te atrape de esa manera en una pantalla compacta tiene un mérito que cuesta procesar.

Gran parte de la culpa de que se te caiga la baba la tiene, cómo no, un apartado sonoro que es una auténtica animalada. Hablar de la música de Final Fantasy VII es casi como jugar con trucos, porque partimos de la base de una de las mejores bandas sonoras de la historia de los videojuegos. Pero lo que han hecho aquí con los nuevos arreglos musicales es para quitarse el sombrero y no volvérselo a poner. Escuchar los temas clásicos reinterpretados con orquestas brutales, toques de jazz, rock cañero o melodías acústicas es un deleite constante. Y cuando por fin hace acto de presencia One-Winged Angel… bueno, prepárate para que se te erice hasta el último vello del cuerpo. La variedad es tan ridículamente gigante que dan ganas de dejar el mando sobre la mesa solo para escuchar cómo evoluciona la música de fondo.

Rompiendo los límites de la máquina: El port bajo la lupa

Venga, vamos al turrón técnico, que sé perfectamente que es lo que estáis buscando los más cafeteros. Cuando arrancas el juego en la nueva máquina de Nintendo por primera vez, el chip de analista repelente se te activa de manera automática. Es inevitable. Te pones a buscarle las costuras al vestido inmediatamente. Empiezas a acercar la cámara a los muros para examinar la resolución de las texturas, te fijas en la distancia de dibujado de la vegetación, buscas los dientes de sierra en el pelo de Cloud y esperas el truco de magia tramposo que justifique cómo demonios corre esto en una portátil.

Y a ver, claro que encuentras recortes. Sería de necios y de ciegos negar que la resolución general ha pegado un bajón considerable respecto a las versiones de sobremesa, que la densidad de la hierba es menor o que algunas texturas secundarias tardan un par de segundos de más en cargar en alta definición si vas corriendo como un loco. Pero el auténtico milagro es que el juego se sigue viendo escandalosamente bien en su conjunto.

La dirección de arte es tan soberbia que maquilla cualquier carencia técnica con una facilidad pasmosa. Los modelados de los protagonistas mantienen un nivel de detalle excelente, las expresiones faciales transmiten al milímetro lo que sienten en cada plano y las cinemáticas rinden a un nivel que te hace olvidar por completo las limitaciones del hardware.

Square Enix no se ha limitado a meter un tijeretazo salvaje y a rezar para que funcione. Han implementado tecnologías avanzadas de reescalado inteligente propias de la arquitectura de Switch 2 que reconstruyen la imagen de forma impecable en la pantalla de la consola. El resultado final es una nitidez en modo portátil que sorprende desde el primer minuto y que demuestra que, cuando una desarrolladora se toma en serio una optimización y exprime la arquitectura de una máquina, se pueden tirar abajo muros técnicos que creíamos completamente inamovibles.

Hablemos de lo que de verdad importará a muchos.


Ahora toca remangarse la camisa, ponerse el mono de trabajo y hablar de lo que verdaderamente te va a dar de comer durante las próximas ochenta o cien horas: las hostias como panes, la exploración salvaje y un vicio insano que va a destrozar tus horarios de sueño.

Porque no nos equivoquemos: Final Fantasy VII Rebirth no es un paseo contemplativo para ver paisajes bonitos en modo portátil. Es un parque de atracciones gigantesco, denso, exigente y diseñado con una mala leche tremenda para que pierdas por completo la noción del tiempo real.

Tortas como panes: El sistema de combate definitivo

El sistema de combate híbrido que parieron para Remake ya nos pareció una jodida delicia en su día, pero es que aquí lo han pulido y refinado hasta dejarlo fino como un coral. Mantenemos esa base tan adictiva que mezcla la acción pura y dura en tiempo real (atacar, esquivar, bloquear a base de reflejos) con la pausa táctica que te otorga el medidor de BTC (Barra de Tiempo de Combate) para desplegar magias, lanzar objetos o reventar al enemigo con habilidades especiales.

Hasta ahí todo nos resulta familiar, pero la verdadera revolución jugable en Rebirth viene de la mano de las acciones y habilidades sincronizadas.

Olvídate de concebir a los miembros de tu equipo como islas independientes que se limitan a pegar espadazos por su cuenta mientras tú manejas a uno. Aquí la compenetración es total y obligatoria. A través de un árbol de desarrollo bastante intuitivo, puedes desbloquear movimientos combinados que cambian por completo el devenir de las batallas. Ver a Cloud utilizando el brazo-ametralladora de Barret como lanzadera para propulsarse por el aire y caerle en la crisma a un bicho volador, o a Tifa y Aerith uniendo sus fuerzas para desatar una tormenta mágica que limpia la pantalla de enemigos menores es un espectáculo jugable de primer orden.

Esto le mete una capa de dinamismo y estrategia brutal a los enfrentamientos. Ya no te vale con machacar el botón de ataque básico y lanzar una cura cuando veas la barra de vida tiritando en rojo. Cada monstruo o jefe final tiene mecánicas de fatiga y vulnerabilidad específicas que te obligan a rotar constantemente entre personajes, exprimir las sinergias y pensar con la cabeza fría en milisegundos.

¿Y cómo se traslada semejante caos de partículas, magias y espadazos a los mandos de Switch 2? Pues de una forma sorprendentemente limpia. El mapeado de botones se siente hiperpreciso. Sí, es verdad que en los combates más multitudinarios contra jefes gigantescos, donde la pantalla se satura de explosiones, invocaciones y luces de colores, se puede notar alguna rascada puntual de frames, pero el rendimiento general se mantiene en unos 30 fotogramas por segundo muy estables que garantizan que la acción nunca se vuelva molesta o injugable.

El síndrome del mapa lleno de iconos (pero ejecutado con clase)

A estas alturas de la película, todos estamos un poco de vuelta de los mundos abiertos clónicos que saturan el mercado. Esos mapas desérticos que te plantan doscientos iconos clónicos para obligarte a hacer de recadero aburrido solo para inflar de manera artificial la duración del título. Por suerte, el mapamundi de Rebirth esquiva esa bala gracias a un diseño inteligente y con mucha personalidad.

Cada región que pisas se siente radicalmente distinta a la anterior, no solo en lo visual, sino en cómo te desplazas por ella (los diferentes tipos de Chocobos tienen mecánicas exclusivas para escalar, planear o nadar).

Durante mis sesiones de juego me pasó una movida bastante esclarecedora y que define a la perfección el espíritu del juego: encender la consola por la tarde con la firme intención de avanzar en la trama principal para ver qué pasaba con Sefirot y terminar tres horas más tarde cazando una bestia oculta tras una cascada, completando encargos secundarios para conocer mejor el pasado de Red XIII o buscando tesoros enterrados.

Lo mejor de todo es que el contenido opcional no se siente como paja para rellenar expediente. Square Enix ha hilado muy fino para que casi todas las actividades secundarias aporten un trasfondo jugoso al Lore del mundo o desarrollen los lazos de amistad entre el grupo, lo cual encima desbloquea nuevas ventajas de combate. Evidentemente hay misiones de recadero más flojas que otras, pero el listón medio es asombrosamente alto para un videojuego que maneja estas escalas kilométricas.

Queen’s Blood: Cuidado, que esto engancha más de la cuenta

No puedo cerrar la sección jugable de este análisis sin dedicarle un altar a la joya de la corona de los minijuegos: Queen’s Blood. Este juego de cartas coleccionables, que ya causó estragos psicológicos y obsesiones varias entre la comunidad en su lanzamiento original, sigue siendo una droga dura.

Las reglas básicas se aprenden en dos minutos: es un juego de tablero por carriles donde colocas cartas para dominar territorio sumando puntos de poder. Sencillo, ¿verdad? Pues un cuerno. En cuanto empiezas a avanzar, a ganar cartas con habilidades de destrucción, potenciadores de casillas colindantes y combos locos, el juego se destapa como una propuesta de una profundidad estratégica demencial.

Lo jodido de jugarlo en la versión de Switch 2 es que el formato híbrido convierte a Queen’s Blood en una trampa mortal. Es el típico vicio que se presta de maravilla a decir: “Venga, me echo una partidita rápida en la cama con la consola en la mano antes de dormir”. ¿El resultado? Que te dan las tres de la mañana mientras te dejas las neuronas rediseñando tu mazo para vencer al maldito tabernero de turno que te tiene tomada la medida. Square Enix ha logrado recrear esa magia adictiva que en su día tuvo el Triple Triad de Final Fantasy VIII, y tenerlo ahora en formato portátil es una bendición y una maldición para nuestra productividad diaria a partes iguales.

Las costuras inevitables: No todo el monte es orégano

A pesar de que el balance general roza el sobresaliente y que la optimización para la nueva portátil de Nintendo me parece encomiable, tenemos la obligación de poner los puntos sobre las íes con los problemas que empañan el acabado técnico. Al fin y al cabo, los milagros en la ingeniería de software no existen sin peajes.

El motor Unreal Engine 4 demuestra que está estirado al límite de sus capacidades en esta arquitectura. El pop-in de elementos del escenario (piedras, arbustos o texturas de baja calidad que cambian repentinamente de golpe frente a tus ojos) es bastante visible e inevitable cuando exploras a lomos de un chocobo a toda velocidad.

Asimismo, en determinadas áreas urbanas con una densidad brutal de personajes no jugadores moviéndose a la vez, se aprecia que el juego mete un tijeretazo considerable a la resolución dinámica para priorizar la tasa de fotogramas, lo que provoca que la imagen se emborrone más de la cuenta durante unos instantes.

También penaliza, y esto ya es un tirón de orejas histórico a la compañía, que sigamos sin un doblaje al castellano. Nos toca conformarnos con unas voces excelentes en inglés o japonés y textos traducidos. Es una pena que una producción de semejante presupuesto nos deje fuera en ese aspecto, obligándonos a leer subtítulos en mitad de combates frenéticos donde apartar la mirada de la acción un segundo equivale a morder el polvo.

Sin embargo, os seré completamente franco: cuando llevas cinco horas seguidas pegado a la pantalla, completamente absorto por la inmensidad de su propuesta, disfrutando de un sistema de combate redondo y vibrando con una historia legendaria en cualquier rincón de tu casa, todos estos detalles técnicos pasan a un tercer plano. Square Enix ha conseguido lo primordial: que la experiencia se sienta jodidamente idéntica en lo jugable y en lo emocional. El alma del juego clásico y el músculo del Remake moderno se dan la mano en un port portátil que ya es historia de Nintendo.

Conclusiones

Final Fantasy VII Rebirth para Nintendo Switch 2 es una demostración incontestable de que las barreras que antes separaban a las consolas portátiles de los grandes transatlánticos de sobremesa se han difuminado por completo. No estamos ante la versión más puntera a nivel de píxeles puros, texturas ultra o nitidez en pantallas gigantes, pero sí ante la más meritoria e impactante en lo tecnológico. Square Enix ha conseguido mantener intacto el descomunal corazón jugable, artístico y narrativo de una obra maestra contemporánea sin dejarse nada importante por el camino. Es un viaje imprescindible, titánico y jodidamente divertido que ningún poseedor de la nueva consola de Nintendo debería dejar escapar.

Lo mejor

  • Una de las historias más potentes, valientes y memorables del rol moderno.
  • El sistema de combate híbrido: profundo, espectacular y adictivo como pocos.
  • Un trabajo de optimización sobresaliente para exprimir de forma nativa el hardware de Switch 2.
  • La banda sonora: una auténtica obra de arte que te pone la piel de gallina.
  • El vicio legendario a Queen’s Blood, potenciado por la comodidad del juego portátil.
  • Cantidad y calidad de contenido para perderse durante más de 80 horas sin aburrirse.

Lo peor

  • El pop-in de texturas y vegetación es bastante notorio en campo abierto.
  • La resolución dinámica puede volverse demasiado agresiva y emborronar la imagen en zonas muy cargadas.
  • Pequeños tirones puntuales en el framerate durante combates masivos repletos de efectos.
  • Seguimos sin doblaje al español para una obra de este calibre.

Ficha técnica

  • Desarrollador: Square Enix
  • Editor: Square Enix
  • Plataformas: Nintendo Switch 2, PlayStation 5, PC
  • Versión analizada: Nintendo Switch 2
  • Género: RPG de acción / Mundo abierto
  • Fecha de lanzamiento en Switch 2: 3 de junio de 2026

Nota Final

9,2

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo