Cuando el amor lo justifica todo (o casi)

El amor mueve montañas. Esta frase, tan manida como cierta, ha sido utilizada hasta la saciedad en todo tipo de obras culturales. Libros, películas, canciones y, cómo no, videojuegos, han recurrido a ella para justificar actos heroicos… y también decisiones absolutamente cuestionables. Porque no todo lo que se hace por amor es noble, ni mucho menos inteligente. A veces, amar implica traicionar, abandonar o mirar hacia otro lado cuando no deberías.

Lovish parte precisamente de esa idea, pero la aborda desde un prisma tan ligero como ácido, envuelto en una estética adorable de 8 bits que engaña a primera vista. Lo que parece una aventura sencilla y entrañable acaba convirtiéndose en una experiencia mucho más profunda, cargada de humor, secretos y un diseño jugable sorprendentemente ambicioso.

Sir Salomon, nuestro protagonista, es un caballero más bien poco ejemplar. En su obsesión por conquistar a la princesa encerrada en lo alto del castillo, no duda en traicionar a su propio grupo de amigos para eliminar cualquier competencia. Un punto de partida aparentemente banal, casi paródico, que sirve como excusa perfecta para un viaje lleno de desafíos, situaciones absurdas y una crítica soterrada al egoísmo disfrazado de romanticismo.

Desarrollado por LABS Works y publicado por DANGEN Entertainment, Lovish es uno de esos indies que entran por los ojos gracias a su estética retro, pero se quedan en la memoria por su diseño, su rejugabilidad y una capacidad sorprendente para reinventar mecánicas clásicas sin traicionar su esencia.


Un homenaje a los 8 bits que va más allá de la nostalgia

Desde el primer minuto, Lovish deja claro su amor por la era de los 8 bits. Su apartado visual recuerda inevitablemente a la época dorada de NES, con sprites coloridos, animaciones sencillas pero expresivas y escenarios construidos a base de pantallas fijas. Referencias a clásicos como The Adventure of Lolo, Solomon’s Key o Alex Kidd son inevitables, pero Lovish no se limita a copiarlos: los reinterpreta.

La gran diferencia respecto a muchos títulos nostálgicos actuales es que aquí la estética no es un simple disfraz. Todo el diseño del juego está pensado para funcionar bajo esas reglas clásicas: precisión milimétrica, aprendizaje basado en la repetición y una curva de dificultad que exige atención constante.

Aun así, Lovish no es un juego anclado en el pasado. Bajo su apariencia retro late un diseño muy moderno, con sistemas de progresión, coleccionables, rutas alternativas y una estructura que invita a rejugar cada nivel una y otra vez.


El poder del amor… y de nuestra espada

Lovish se estructura en torno a 50 fases principales, todas ellas desarrolladas en una única pantalla fija. No hay scroll lateral ni vertical: cada nivel es un pequeño rompecabezas de acción que debemos resolver con precisión quirúrgica. Sir Salomon puede saltar y atacar con su espada, y poco más… al menos al principio.

La regla es clara y no admite discusión: un solo golpe significa la muerte. No hay barras de vida generosas ni margen de error. Cada enemigo, trampa o caída mal calculada supone volver a intentarlo desde el principio del nivel. Esta filosofía, heredada directamente de los arcades clásicos, define por completo el ritmo del juego.

Los objetivos de cada fase suelen ser sencillos sobre el papel: eliminar a todos los enemigos, encontrar una llave, activar un interruptor o llegar a la puerta de salida. Sin embargo, la gracia está en cómo se combinan estos elementos. La colocación de los enemigos, el timing de los saltos y la gestión del espacio convierten cada pantalla en un pequeño desafío que exige planificación y reflejos.

Lovish consigue algo complicado: ser accesible en sus primeros compases y, al mismo tiempo, profundamente exigente cuando el jugador decide ir más allá de lo básico.


Dificultad escalonada y libertad para el jugador

Uno de los mayores aciertos del juego es su gestión de la dificultad. Lovish puede completarse de forma relativamente directa si solo buscamos llegar al final y rescatar a la princesa. Pero esa es solo la superficie.

Cada nivel esconde coronas coleccionables, auténtico corazón del diseño del juego. Estas coronas no están ahí solo para aumentar el porcentaje de completado: son el verdadero reto para los jugadores más dedicados. Encontrarlas implica explorar rutas alternativas, ejecutar movimientos con precisión extrema o resolver pequeños rompecabezas dentro del propio nivel.

Lo interesante es que el juego nunca obliga al jugador a conseguirlas todas. La dificultad es, en gran medida, autoimpuesta. Puedes conformarte con superar las fases o decidir exprimir cada una hasta dominarla por completo. Esa libertad es una de las claves de su enorme rejugabilidad.


Siéntete como un rey: progresión y habilidades

A medida que avanzamos en el castillo, Lovish introduce un elemento que cambia por completo la forma de afrontar los niveles: una tienda de habilidades. En ella podremos adquirir mejoras clásicas del género, como el dash, el ataque hacia arriba o incluso la posibilidad de contar con un compañero durante los combates contra jefes.

Estas habilidades no son estrictamente necesarias para terminar el juego, pero sí se vuelven prácticamente indispensables si queremos acceder a todos los secretos y coronas ocultas. Este diseño refuerza la idea de que Lovish es un juego que recompensa la curiosidad y la perseverancia.

Además, estas mejoras están integradas de forma muy natural en el diseño de niveles. No se sienten añadidas artificialmente, sino como herramientas que amplían nuestras posibilidades y nos invitan a revisitar fases anteriores con una nueva perspectiva.


Más allá de los niveles: humor, sorpresas y pequeñas historias

Uno de los elementos más encantadores de Lovish es lo que ocurre entre nivel y nivel. Tras completar cada fase, el juego nos regala una pequeña escena humorística completamente impredecible. Desde combates absurdos por turnos hasta tropiezos ridículos o situaciones tan simples como pisar una caca y perder un punto de vida.

Estas escenas, aunque breves, cumplen varias funciones. Por un lado, rompen la tensión constante del gameplay. Por otro, construyen la personalidad del juego y refuerzan su tono desenfadado y autoconsciente.

Especial mención merecen las escenas tras derrotar a los jefes finales. El “efecto del amor” que provoca el casco de Sir Salomon da lugar a momentos memorables, absurdos y, en ocasiones, sorprendentemente ingeniosos.


Jefes finales: sencillos, pero con carácter

Los jefes de Lovish no buscan competir en espectacularidad con los grandes referentes del género. Su diseño es simple, pero efectivo. Cada uno introduce un patrón claro que debemos aprender y explotar, manteniendo siempre la filosofía de “un golpe y estás fuera”.

Aquí vuelve a brillar el equilibrio del juego. Los jefes no son injustos ni excesivamente largos, pero sí lo bastante exigentes como para obligarnos a dominar las mecánicas disponibles en ese momento.

La posibilidad de contar con un compañero en estos combates añade una capa extra de estrategia y sirve como recompensa a quienes han explorado y progresado más allá de lo básico.


Banda sonora y apartado audiovisual: minimalismo con alma

Si visualmente Lovish enamora a los fans del pixel art clásico, su banda sonora termina de redondear la experiencia. Las melodías, claramente inspiradas en la era de los 8 bits, son pegadizas, variadas y sorprendentemente memorables.

Lejos de limitarse a acompañar, la música refuerza el tono del juego en cada momento: alegre, tenso, absurdo o épico cuando toca. Es uno de esos casos en los que el apartado sonoro se convierte en un elemento clave de la identidad del título.

A esto se suma una traducción al español excelente, cuidada y perfectamente adaptada al humor del juego. Un detalle que se agradece enormemente y que demuestra mimo por parte de sus creadores.


Un plataformas que roza el metroidvania

Aunque Lovish se presenta como un plataformas clásico de pantallas fijas, su estructura es más compleja de lo que parece. La presencia de habilidades desbloqueables, zonas secretas y la necesidad de revisitar niveles anteriores lo acercan peligrosamente al terreno del metroidvania.

No llega a serlo en el sentido estricto, pero sí adopta muchas de sus virtudes: exploración, progresión y un diseño que premia la memoria y la observación. Esta mezcla de géneros es uno de los grandes aciertos del juego y lo que lo eleva por encima de propuestas más simples.


Conclusión

Lovish es uno de esos juegos que sorprenden precisamente porque no intentan aparentar más de lo que son. Bajo su estética adorable y su planteamiento aparentemente sencillo se esconde un diseño inteligente, profundo y tremendamente rejugable.

LABS Works y DANGEN Entertainment han conseguido algo muy complicado: respetar el legado de los plataformas clásicos de 8 bits y, al mismo tiempo, dotarlos de una sensibilidad moderna que los hace atractivos para el jugador actual.

Puede que algunas fases resulten algo genéricas y que echemos en falta más personajes jugables, pero son defectos menores en una experiencia tan redonda. Lovish no solo es un homenaje al pasado, sino una demostración de que las ideas bien ejecutadas siguen siendo atemporales.

Si te gustan los juegos desafiantes, llenos de secretos y con personalidad propia, no dejes pasar la oportunidad de acompañar a Sir Salomon en su ascenso por el castillo. El amor nunca fue tan peligroso… ni tan divertido.


Lo mejor

  • Rejugabilidad altísima gracias a coronas y secretos
  • Control preciso y dificultad muy bien medida
  • Humor constante y con identidad propia
  • Banda sonora excelente
  • Traducción al español impecable

Lo peor

  • Algunas fases pueden sentirse algo genéricas
  • Se echan en falta más personajes jugables
  • El juego pide a gritos una continuación

Desarrollador: LABS Works
Editor: DANGEN Entertainment
Plataformas: PC (Steam)

Nota final: 9

Un plataformas retro ejemplar que demuestra que la nostalgia, cuando se combina con buen diseño, puede dar lugar a experiencias memorables. Lovish no solo se juega: se disfruta, se sufre y se recuerda.

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