Noodle Cat Games es un estudio joven que llega con ambición: estrenar su nombre en la industria con un proyecto que resulte imposible de ignorar. Cloudheim es su carta de presentación, un ARPG cooperativo con físicas exageradas, mazmorras, exploración por islas flotantes y un sistema de construcción que, sobre el papel, aspira a diferenciarlo del resto. Pero desde el primer minuto queda claro que el equipo quiere ir más allá de un simple “RPG con amigos”. Aspiran a construir un mundo vibrante, casi juguetón, donde cada salto, cada golpe y cada material que recoges forma parte de un gran rompecabezas.
Lo curioso es que Cloudheim no es un título fácil de describir. Se presenta como un RPG cooperativo que basa su combate en físicas, sí, pero hay mucho más en juego: recolección, progresión por clases, construcción de bases, creación de armas, comercio con NPC y la misión de restaurar un mundo roto tras un peculiar Ragnarok. Esa mezcla hace que su primera impresión sea tan desconcertante como intrigante: cuando crees que ya has entendido su fórmula, te añade una capa más.

Un mundo por recomponer… y muchos dioses por convencer
La historia arranca en un universo dividido en islas fragmentadas tras un cataclismo divino. Nuestro héroe —acompañado o no por amigos— debe viajar entre ellas completando misiones, resolviendo puzles y enfrentándose a criaturas dispersas para convencer a los dioses locales de unirse a su causa. Cada isla tiene su propia deidad, sus biomas y un puñado de personajes que sirven principalmente para marcarte objetivos o contextualizar mínimamente el viaje.
No esperes, de momento, una epopeya nórdica profunda. Al menos en acceso anticipado, la narrativa funciona más como un marco que como un motor. Hay algunas cinemáticas en la introducción, diálogos muy sencillos y una progresión que, por ahora, finaliza antes de lo que uno esperaría. El foco está en la aventura, en dejar que el jugador pasee, brinque, se eleve por salientes improbables y experimente con el entorno.

Una progresión que se multiplica… quizá demasiado
Al adentrarte en el sistema de progresión, Cloudheim empieza a mostrar una complejidad que puede resultar tan atractiva como abrumadora. El juego divide el crecimiento del personaje en varias capas: el nivel general del jugador, el nivel de cada clase, la progresión de las armas y las Estrellas Mundiales, que funcionan como llaves para acceder a nuevas islas.
Mientras que el nivel de jugador sube derrotando enemigos o superando misiones, el nivel de clase avanza únicamente utilizando habilidades o armas de la categoría correspondiente. Es un sistema flexible y potente que permite mezclar estilos, pero también puede generar la sensación de que siempre falta algo, de que nunca terminas de ponerte al día con todas las ramas disponibles.
La progresión de armas añade otra vuelta de tuerca. No solo se fortalecen cuanto más las usas, sino que también puedes obtener mejoras durante la exploración, lo que provoca que las armas nuevas pierdan parte de su atractivo. Y, finalmente, las Estrellas Mundiales —que encuentras en cofres, mazmorras o tras jefe final— bloquean o desbloquean zonas completas. Un buen motivo para explorar, pero también un freno cuando solo quieres avanzar.

Un mundo precioso que invita a perderse
Si algo hace brillar a Cloudheim desde los primeros minutos es su diseño visual. Las islas flotantes son pequeñas, sí, pero están repletas de detalles y de un colorido vibrante que vuelve cada paseo un placer. El movimiento está tan pulido —especialmente al combinar saltos, escaladas y la habilidad de “parpadeo”— que explorar se vuelve casi un minijuego en sí mismo: la pregunta no es “¿debo ir por allí?”, sino “¿hasta dónde soy capaz de llegar?”.
La verticalidad está muy bien conseguida, con montañas, plataformas improbables y caminos secundarios que casi siempre llevan a un cofre o a un puzle suave. La sensación es la de estar en un mundo pequeño pero lleno de vida, de recovecos, con suficiente densidad como para justificar cada desvío.

Regresar a casa… y frenar en seco
El encanto de la exploración se diluye cuando llega el momento de volver a la base montada sobre una enorme tortuga volante. Allí esperan los Bolins, pequeños ayudantes encargados de fundir minerales, limpiar materiales o fabricar armas. En teoría, el sistema de construcción y artesanía debería ser un incentivo para regresar con regularidad; en la práctica, se convierte en una pesada carga logística.
Solo puedes llevar cuatro tipos de objetos al mismo tiempo, muchos de ellos con pilas muy pequeñas. Tras una gran expedición, lo habitual es pasar largos minutos paseando de un edificio a otro, limpiando, fundiendo, separando, reorganizando… hasta que finalmente puedes crear algo. Si exploras mucho, esta rutina no es opcional: el inventario se llena, la base queda abarrotada y hay que procesarlo todo antes de continuar.
Y aunque es una idea con potencial, en su estado actual rompe el ritmo del juego con demasiada facilidad.

El comercio: una buena idea que se diluye
La tienda personal funciona de forma parecida. Al inicio es encantador tener un pequeño puesto donde NPC acuden a comprar lo que has conseguido durante tus aventuras. Pero pronto se convierte en un ciclo repetitivo: colocar objetos en la mesa, abrir la tienda, esperar, reponer, repetir. Y, para colmo, la tienda debe ser atendida si quieres mantener buenas valoraciones, lo que limita la posibilidad de desaparecer en misiones largas.
Es un sistema simpático y con personalidad, pero mal equilibrado respecto al resto de actividades.

Un combate caótico… pero tremendamente divertido
Aquí viene el gran atractivo de Cloudheim: su combate basado en físicas. Golpes que salen despedidos en direcciones absurdas, enemigos que vuelan como si fueran muñecos de trapo, bombas que rebotan más de lo previsto… puede parecer un desastre, y en ocasiones lo es, pero resulta sorprendentemente adictivo.
El sistema Bruma de Maná (Mana Burn) permite usar habilidades incluso en enfriamiento para llenar una barra que, una vez saturada, bloquea el combate temporalmente. Es una mecánica que fomenta el riesgo y recompensa el juego agresivo. Y cuando todo encaja —combos, físicas, dirección del golpe— se siente espectacular, casi como una danza improvisada.
Dominarlo es otra historia. La precisión direccional puede frustrar: un centímetro de error y pateas una bomba hacia ti mismo, o mandas a un enemigo volando justo donde no querías. Pero cuando te acostumbras, el sistema empieza a brillar.

Un diamante en bruto que necesita encontrarse
Después de varias horas, la sensación es clara: Cloudheim tiene alma, tiene estilo y tiene ideas buenísimas. Su mundo es encantador, el movimiento es una delicia y el combate, cuando funciona, es un espectáculo. Pero también está en un punto donde intenta abarcar tanto que algunos sistemas se pisan entre sí.
La exploración te hace sonreír… hasta que regresas a la base a gestionar inventarios. La progresión es profunda… pero quizá demasiado dispersa. La historia ofrece un marco interesante… pero aún necesita cuerpo. Nada de esto es sorprendente para un título en acceso anticipado, y tampoco es necesariamente negativo: se nota potencial, y mucho.
Si Noodle Cat Games consigue pulir estas aristas, reorganizar sus sistemas y reforzar lo que ya funciona, Cloudheim podría convertirse en uno de esos RPG cooperativos que acompañan al jugador durante años.
La clave del juego para PC fue cedida por Plan of Attack
