Qué perra nos ha dado a todos con los roguelikes en los últimos años. Parece que no tenemos suficiente con las bofetadas que nos da la vida real, que también necesitamos meternos en bucles virtuales donde morir una y otra vez es el pan de cada día. Al final, las conversaciones entre los que le pegamos a este género acaban siendo siempre las mismas: que si este se parece a tal, que si la aleatoriedad rompe la partida, que si la falta de contenido pasa factura… Es un terreno donde cuesta sorprender.
Por suerte, ponerle las manos encima a la versión de desarrollo de Cursemark me ha quitado de golpe esa sensación de estar jugando siempre a lo mismo. Cursemark viene pisando fuerte y, aunque todavía le queda camino por recorrer, las sensaciones iniciales son inmejorables. Tiene poquísimas asperezas que limar y un saco de virtudes que te atrapan desde los primeros diez minutos. Así que, con la mochila cargada de maldiciones y armas hasta los dientes, vamos a ver qué es lo que hace que este título apunte tan alto.
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Tierra marchita: Un pixel art que entra por los ojos y se clava en los oídos
Al grano: lo primero que te va a llamar la atención de Cursemark es su envoltorio. A mí, personalmente, el pixel art no es una cosa que me vuelva loco de entrada; me suele parecer que muchos estudios independientes lo usan por pura comodidad. Sin embargo, lo que han parido aquí a nivel visual es una maldita locura. Los escenarios están enfermos de detalle y, lo mejor de todo, reaccionan a lo que haces. Da gusto ver cómo el entorno responde mientras esquivas ataques o revientas a las hordas absurdas de enemigos que llenan la pantalla.
Cursemark se preocupa por tener una identidad propia muy potente. Las animaciones de los personajes son fluidas y cada bioma se reconoce a la primera gracias a un uso brutal de las paletas de colores. No es solo que cambie el decorado; cambian los tipos de monstruos y cambia la música.
Y ojo con la banda sonora, porque es media vida en este juego. Crea un contraste brutal con lo que ves en pantalla. Hay niveles que son auténticas postales góticas, preciosos pero plagados de criaturas inmundas, y la música sabe acompañar esa decadencia perfectamente. Tiene unos dejes solemnes y oscuros que me han recordado inevitablemente a la atmósfera de Blasphemous. Quizá los efectos de sonido de los golpes queden un pelín por debajo del resto, pero el conjunto artístico es un cañonazo que le da al título una personalidad arrolladora.

Metal maldito: El placer de sentirse un dios desde el minuto uno
Pero aquí no hemos venido solo a escuchar música sacra y mirar paisajes pixelados; hemos venido a repartir estopa. Muchos juegos del género cometen el error de hacerte sentir un completo inútil durante las primeras horas de partida, obligándote a sufrir hasta que desbloqueas tres mejoras chorras. Cursemark pasa de esa filosofía olímpicamente. Aquí se viene a romper el juego desde el principio.
Cursemark opta por darte un poder considerable casi desde tus primeros pasos. Te suelta una cantidad de habilidades tan disparatada que montar builds completamente destructivas es facilísimo. Tenemos armas desbloqueables de salida, tres tipos de hechizos diferentes y un sistema de runas y talismanes que son los auténticos responsables de que cada intento se sienta completamente distinto al anterior.
En una run puedes llevar una espada oscura que con cada tajo suelta esquirlas de estrellas que envenenan al personal, y en la siguiente puedes equiparte un espadón que lanza llamaradas de base, meterle una runa para que además dispare cristales de hielo y añadir un talismán que aplique estados alterados. Las sinergias son una maldita delicia. Además, por los mapas hay repartidos altares que te permiten mejorar el equipo, subir la salud o combinar las runas que llevas encima para crear efectos todavía más devastadores. El problema de esto es que, claro, si eres tan poderoso, Cursemark tiene que buscar la forma de frenarte los pies…

Tortas activas contra ejércitos enteros
Tener el poder de borrar del mapa a una pantalla entera con un chasquido de dedos exige que el juego te ponga las cosas difíciles por otro lado. Aquí es donde Cursemark enseña sus cartas y se saca de la manga una estructura que, salvando las distancias, nos ha recordado inevitablemente al fenómeno de Vampire Survivors. Los combates aquí no son duelos elegantes de uno contra uno en un callejón; se desarrollan en escenarios bastante amplios porque lo que se te viene encima no es una patrulla de monstruos, sino un auténtico ejército dispuesto a usarte de alfombra.
La gran diferencia con la fiebre de los auto-shooters es que aquí no te puedes quedar quieto mirando cómo tu personaje dispara solo mientras te tomas algo. Tienes que currártelo. Los enemigos aguantan los golpes que da gusto y hay que machacar el teclado con cabeza para abrirte paso entre la marea de bichos. Esta mezcla de acción directa con la gestión de hordas masivas le da una identidad muy potente al planteamiento, pero también genera la primera gran fricción de Cursemark en su estado actual.

El talón de Aquiles: Una movilidad que pide un café a gritos
Vamos a hablar claro: el movimiento del protagonista se siente un pelín encorsetado. No es que los controles respondan mal o falten opciones, el problema es de velocidad relativa. Mientras que tú te mueves con la tranquilidad de quien va a comprar el pan un domingo por la mañana, los enemigos se desplazan a velocidad de vértigo y te atacan con una agresividad tremenda.
Da la sensación de que es el peaje que el estudio te hace pagar por darte esas ventajas tan bestias desde el principio, pero a la hora de jugar llega a desesperar un poco. Da rabia tener un combo de espada que congela y envenena a la vez si luego no puedes esquivar en condiciones porque los bichos te adelantan por la derecha antes de que puedas pestañear. El juego necesita un reajuste en la agilidad del personaje o un pequeño frenazo a la velocidad de los monstruos para que las batallas dejen de sentirse toscas en los momentos de máxima tensión. Si logran equilibrar esa balanza, las sensaciones a los mandos van a ganar enteros.

Conclusiones: Un vicio que promete horas de juego
A pesar de ese desajuste con el ritmo de los combates, que es algo totalmente lógico estando el juego todavía en fase de desarrollo, las bases que ha plantado Cursemark son una roca. Es de esos títulos que te descargas para echar una partida rápida de quince minutos y, cuando te quieres dar cuenta, te han dado las tantas de la madrugada y estás diciendo la mítica frase de «venga, una run más y lo dejo».
El apartado visual y sonoro es una delicia que te atrapa a la primera, y la tremenda variedad de combinaciones con las runas hace que cada intento se sienta fresco y con ganas de experimentar. Si el equipo aprovecha este acceso anticipado para pulir el equilibrio de las peleas y darle un punto más de alegría al control, vamos a tener roguelike para aburrir. Habrá que seguirle la pista muy de cerca.
Ficha técnica
- Desarrollador: CLYDE games
- Editor: Mad Mushroom
- Plataformas: PC (Fase de acceso anticipado)
*Este avance de Cursemark ha sido posible gracias a una clave de PC facilitada por Mad Mushroom
